Abanaraj
Era
una mañana de sol en el valle, que clausuraba una larga temporada de lluvias.
Fauna y flora estaban hiperactivas y todo invitaba a pasear. Alegre por el
camino venía Tiviledesprop, disfrutando las maravillosas vibraciones que
circulaban por todas partes en impresionante configuración. A su izquierda
corría furente el gran río, descargando la tensión a la que lo había sometido
el diluvio, calmándose lentamente, redistribuyendo los elementos.
Estrechábase el camino para Tiviledesprop, y eso no estaba tan mal, porque
era como si el río, la vegetación y la montaña quisieran fundirse con él.
Hasta que en un momento el camino quedó cortado. Pero la generosa naturaleza
le ofrecía un tronco caído para pasar. ¡Qué suerte! Seguramente algún
espíritu bondadoso le estaba allanando el camino. Se aprestaba a pasar cuando
oyó, desde el otro lado, una voz que le gritaba: “¿Está loco? ¡Deténgase!”
Era Abanaraj, que sigilosamente había venido escapando de la zona en
la que le había parecido oír a un jaguar. Pero se había quedado dudando al
borde del obstáculo porque el tronco era resbaloso, el río furente, el lecho
rocoso, y la base en un extremo dependía tan sólo de un par de ramas húmedas
y quebradizas. "¿Por qué lo dice amigo?", respondió Tiviledesprop. "Es
demasiado peligroso"- dijo Abanaraj, mientras escrutaba cautelosamente a
ese extraño de sospechosa actitud.
“No se preocupe, la naturaleza es sabia, en un minuto estoy con
usted”, respondió Tiviledesprop con una amplia sonrisa. Abanaraj, aterrado,
tomó una larga rama suelta y la extendió para que el otro se agarre, medida
muy atinada ya que una de las ramitas de base cedió, el tronco se movió, los
pies de Triviledespropo resbalaron y su mano encontró la rama salvadora, de
la que tiró Abanaraj con todas sus fuerzas posibilitando la culminación
exitosa del azaroso cruce.
“¡Qué le dije! Usted es un idiota. ¡Arriesgarse así! Casi nos matamos
los dos, si no hubiera tenido justo un buen apoyo." despotricaba
Abanaraj, presto a pelear si fuera necesario. Pero algo incongruente lo
inquietaba. ¿Qué pasaba? ¿El otro se estaba burlando de él? ¿todavía tenía el
tupé de reírse? Tiviledesprop abrió grandes los brazos y lo estrechó
calurosamente. "Gracias, mi salvador. Le quedo eternamente agradecido.
Estoy para lo que guste mandar. Desde hoy lo considero mi hermano”. Hacía
mucho, demasiado tiempo, que nadie trataba a Abanaraj de esa manera. Sintió
una gran emoción, recordó épocas felices, lejanas y cálidas y, con los ojos
bañados en lágrimas, respondió al abrazo diciendo: “para eso están los
amigos".
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Martín Garrofe

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