Ceremonia 72

Septuagésima segunda ceremonia de ayahuasca:
Urkumanta, Wilder, 16 de agosto de 2014
Fue una de mis experiencias más radicales. La víspera me encontraba distraído, como evitando algo. Presentía la inminente emergencia de un gran monstruo marino del inconsciente…
Me habían contado que la ceremonia del día anterior había resultado “explosiva”. Al llegar, conocí a una mujer que influiría bastante en mi viaje. Tomaba, desde hacía varios años, el yagé, como le dicen en su tierra, y su vida había cambiado a partir de esta medicina. Conoció la planta tras una crisis existencial y, en una ceremonia, la Pacha Mama le había ordenado abandonar su profesión anterior y dedicarse a cuidar y entrenar perros. Tenía un intenso brillo en los ojos, mucha humildad y espontaneidad, y la risa fácil y transparente; también se mostraba muy sensible al sufrimiento ajeno. Me contó varias historias donde se contactaba con espíritus, sufriendo ataques  y ayudando asimismo.  Se sentó a mi izquierda.
Quise comunicarle mi concepción sobre la cuestión del abordaje de las “entidades negativas”, consistente en limpiarse, conocerse y aceptarse uno mismo, sin preocuparse tanto por echarlas, sino más bien crear internamente un ámbito en el que ellas no se sintieran cómodas, al vibrar en un nivel muy diferente.  El día anterior, una amiga me había preguntado sobre el mismo tema y yo había diferido mi respuesta para después de la ceremonia. Pero cuando esta persona me decía: “hay seres de toda clase, más allá de lo que conocemos o imaginamos hoy”, me llamé a la humildad, por reconocer en ella virtudes, y atento también a la oportunidad de un nuevo conocimiento que este encuentro me ofrecía.
Se acercó a saludarnos una amiga, feliz porque acababa de adoptar una nueva perrita. Tomé nota de la coincidencia.
Wilder, hijo de Doña Asencia y de Don Antonio, ambos curanderos desde muy pequeños (“…desde mi muchacho”, había dicho una vez Don Antonio, marcando con la palma hacia abajo una corta distancia desde el suelo, en referencia a sí mismo), llegó recién cuando todos estábamos acomodados. Tenía un aire severo. “Se me portan como personas”, dijo, y todos reímos, menos él. Habló de tomarse en serio la medicina. Dijo que nadie sabía lo que podía pasar esa noche. Mencionó a la muerte varias veces. Cuando me acerqué, me dijo: “Martín, ¿te lo lleno?”. “No, así está bien”. Mientras servía al siguiente, habló del miedo.  Creo que me lo percibió. Acababa yo de mencionar a mi aludida vecina de ceremonia una ocasión en la que había padecido un pico de terror de más de una hora, unas cincuenta ceremonias atrás. Al revivir ese recuerdo presentía que esta noche no le sería totalmente ajena.
La primera subida del efecto abrió instantáneamente el mundo visual. No podría reproducir la secuencia exacta de los hechos. Me llevó bien lejos (o bien cerca). Había estructuras arquitectónicas de colores divinos (purísimos, dorados, diamantinos) con arcos ojivales escalonados. No recuerdo en qué punto sobrevino el temor. Estaba solo “Dios, tengo miedo, ayúdame”. Fue mi pedido, mi confesión, mi verdad. Eso lo vivía en silencio. Exteriormente, no manifestaba nada. Hubo un momento en el que sentí muy marcadamente un cambio de posición. Estaba viendo unas esferas de colores intensos unidas por unos tubos.  Si veía eso así, no estaba en mi cuerpo físico, era la certeza que tenía. Parecía como si se hubiera desencajado algo. Si bien solía tener sueños lúcidos y proyecciones conscientes, esto era distinto.
Flotaba una atmósfera densa, pesada, obscura. Recordé los espíritus con los que trabajaba mi vecina de ceremonia. Siempre que podía, rescataba la atención a la ecuanimidad. En algún momento, no recuerdo cómo, empezaron las admoniciones.
Esa negrura que veía era propia, o al menos, resonaba con la mía. Y la vivía con dolor. Con una culpa especial: Estaba experimentando el “reto del Padre”. El anterior “ayúdame, protégeme, tengo miedo”, recibió una respuesta del tipo: “Responde por tus actos”. Y pasé a ver, uno tras otro, aspectos de mi sombra.  
En primer lugar, se destacó un arraigado orgullo alimentado de resentimiento, siguiendo los dictados del  cual libraba batallas “eternas”, aunque sumamente sutiles,  que afectaba especialmente a las personas cercanas, afectivamente importantes. Era algo que traía de muy lejos, posiblemente de otras vidas. Una tras otra, se me aparecieron situaciones, donde, al actuar así, provocaba sufrimiento, lo que me dolía y avergonzaba a la vez. Fue duro de afrontar y se extendió largamente. Pura información, cruda realidad. Pedí perdón reiteradas veces, como recitando un mantra. Cada disculpa era necesaria, me aliviaba, con una cualidad casi física. Esta vez era tan fuerte la reconvención, que se expresaba con el tenor: “Perdón, y pedir perdón no es suficiente”. Me prometí ser mucho más humilde. “Pero muuuucho más humilde”, me decía. Pedí serlo, y (otra vez) pedirlo no era suficiente. Se me presentaron las variadas ocasiones en las que me victimizaba amparado en un “no consigo ponerme en acción; no tengo energía”, y apareció un fuerte aserto: “No hay tiempo que perder”. Era yo quien dejaba pasar los días sin aprovecharlos adecuadamente. ¿Qué estaba haciendo? Era mi total responsabilidad. Recordé también comentarios hechos a la ligera, que no aportaban nada. Y, consciente de sus efectos, me prometí no hablar nunca descuidadamente de las personas. Ante las personas. Todo tenía consecuencias y ahora me quedaba insoslayablemente claro. Debía ser siempre consciente, aún en los momentos de esparcimiento y humor. De a poco, muy lentamente, con el avance del proceso y el paso del tiempo, iba sintiéndome, bajo la superficie, en lo profundo de mi ser, feliz. Iba reconociendo que todo ese sufrimiento que estaba experimentando era de pura limpieza, sanación. Hay cosas que se limpian con agua, otras con lágrimas, otras con sudor.
La responsabilidad, el asumir muy adentro mi parte en todo lo que hacía, me daba fuerzas, me devolvía mucha libertad. Una libertad que antes había entregado voluntariamente, a cambio del cómodo refugio del recelo y la bronca, para quejarme luego de las limitaciones que las “circunstancias” me imponían. Pero ahora la recibía nuevamente. Con ella había nacido. Y además, acerca de los retos, el “castigo”, iba entendiendo por qué estaba siendo “aporreado”. Con cada golpe sentía también la otra parte del dicho. Me estaban admitiendo nuevamente. Recuerdo un momento en el que veía tantas cosas, todas sagradas, luminosas, numinosas y, sin embargo, sólo me concentraba en esas puertas ojivales, puesto que una cosa era ver que estaba todo eso allí,  pero otra, muy distinta, era mirar específicamente algo, pues sabía, por experiencia, que alguna cosa podía capturar mi atención arrolladoramente. En ese estado de apertura de conciencia, poner mi atención en algo era entrar en su historia, en su sabiduría y su mensaje, siendo absorbido por ello. Y no estaba dispuesto, o preparado. Me estaba purificando para, en otros momentos, hacer esas incursiones. Tenía presentes las historias de las estatuas de sal, de la visión del rostro de Eurídice, de la cabeza de Medusa...
Sobrevino una estrecha conexión con mi infancia. Apareció mi perro amigo, que se llamaba (casualmente)  Sombra, olvidado durante tanto tiempo, que un día dejó de venir, posiblemente por muerte. Recordé cómo lo quería y cuánto lo extrañé. Seguramente había volcado muchos sentimientos en él y los rumores de que algún vecino lo habría matado habrían sido difíciles de absorber.
Más tarde, veía estructuras de materiales puros, con colores perfectos. Tenían formas y texturas de toda clase y me encontraba dentro de ellas. Pero a la vez sabía, no me pregunten cómo, que lo que estaba viendo era el interior de mi propio cuerpo. Los colores eran opacos. Eso se debía al estado sombrío de mi alma. Luego hubo momentos de luz y entonces aparecían los diamantes y el oro. Visiones maravillosas que venían acompañadas de una dicha inenarrable. No puedo imaginar una forma de sentirme mejor.
Estados de gracia, donde lo que veía y lo que sentía eran la gloria. No podía dudar de que por ahí estaba el buen camino. De allí nacía toda la fuerza necesaria para cambiar, para transitar el sufrimiento que aparejaban los procesos de purificación, de sanación, de redención. Para levantar y cargar las pesadas rocas y aterradoras cruces. Las penurias de este mundo, de las que éramos todos, en tan gran medida, responsables.
Largos ratos hubo luego, sintiéndome mejor, renovado, deseoso de cantar y acompañar los cantos con silbidos. Lo disfrutaba enormemente, con tantas melodías y letras hermosas que los ícaros tenían. Las voces de Silvia y de Laura, dulces y llenas de amor, los enérgicos y divertidos ícaros de Jorge, y los insondables y poderosos cantos de Wilder.  
Mi vecina, partiendo de una melodía que se insinuaba, cantó espontáneamente, con una letra que hablaba de aprender a perdonar y a pedir perdón, y de muchas cosas más, que resonaban profundamente  en mí. Luego pidió en voz susurrante protección a Dios para todos sus seres queridos y perdón a la Pacha Mama por descuidarla y maltratarla. Todos hacían silencio para oír.
Sintiéndome resucitado, quise caminar un poco y fui al pasillo, donde había uno que me habló: “Estos están de la cabeza”, me dijo, riendo, y gesticulando mucho. Conversamos unas palabras. Me contó que estuvo cuatro años internado por adicciones y que probó de todo en su vida pero que “Nunca probé nada más fuerte que lo que tomé esta noche”. Lo entendí perfectamente. Me dijo que había consumido medio quilo de cocaína en 10 días, y había terminado debajo de un camión, incrustado con el auto.  Ahora, con la ayuda de la Ayahuasca, estaba saliendo de todo eso. Le conté de otros casos que conocía, de personas adictas que habían logrado salir con esta medicina. Es que, si las sustancias se consumen para lograr evadirse de la situación vital interna y externa, la Ayahuasca, por el contrario, te lleva a confrontarla, a reconocerla, a asumirla, a resolverla. Y ya no hay motivos para seguir evadiendo.
Silvia le aconsejó que se acercara a Wilder para que le soplara tabaco. Él no tenía muchos deseos de ello y se demoraba conversando, así que le dije: “Andá, dale el gusto”, con una risa cómplice compartida. Le cantó durante un buen rato, haciéndole una sanación profunda.  Esperé que hubiera un momento disponible y pasé yo. Me senté delante de él, que comenzó a cantarme. Sus ícaros (los de todos los curanderos) modifican las vibraciones de toda la sala atravesando a todos los presentes y produciéndoles efectos sanadores, pero estar allí delante de Wilder, recibiendo sus vibraciones dirigidas, sabiendo que él percibía muchas cosas en mí y estaba trabajando con mi cuerpo energético, era trascendente. Me había abierto mucho a la planta en esta ceremonia, y sabía que en ese estado la sanación podría ser muy profunda. Con el mismo espíritu estuve allí, con la seguridad de que su trabajo me ayudaría a asentar todo lo que se había movilizado esa noche, a consolidar los cambios de percepción, a mantener limpios los canales energéticos abiertos, o algo por el estilo, pero algo bueno. Me cantó un rato muy largo, siempre en su idioma tan ajeno, pero que a mí ya me sonaba tan íntimo, por los cantos de él y de sus padres, que ya estaban dibujados en mi cuerpo energético (siempre me llamó la atención cómo, sobre los diseños que los shipibos hacen en sus tapices, ellos dicen que son “los ícaros”). Luego cantó un rato a la botella de agua florida, transmitiéndole su intención, modificando su configuración molecular con sus vibraciones. Me sopló ese agua con energía, en distintas zonas del cuerpo. No faltó, por supuesto, la soplada del tabaco mapacho.
Volví a descansar un rato, y así siguió la noche. Cuando algunos ya hablaban y se había dejado de cantar, dije a mi vecina: “Muchas gracias por tus hermosos cantos y rezos”. Me dio la mano y se la oprimí con cariño. “Estoy cansada”, me dijo. “Ahora ya podés tener tu merecido descanso”, le dije. “Mi abuelito se está muriendo”, me contó. Y hablamos un poco al respecto. Ella se había dedicado a limpiarlo durante toda la ceremonia. Me dijo que se estaba yendo enojado, y eso la ponía muy triste. Más tarde hubo uno que se acercó y le dijo: “Yo veía sobre tu espalda un ser horrible y, cuando vomitaste, desapareció”. Muchos vomitaron, casi todos esta vez, aunque, en esta ocasión, yo no sentí la más mínima náusea.
El momento del desayuno trajo todas esas cosas buenas que aportan muchísimo a la experiencia: Los relatos de cada uno, la comunión de las almas abiertas y limpias que con mucha confianza y amor comparten los increíbles viajes realizados por el mundo mágico, terrible y maravilloso que se encuentra más allá de nuestro consenso social. Creo que nunca encontré un ámbito en el que la puesta en común se haga en forma más libre, sin condicionamientos de sistemas de valoraciones que sesguen el relato, ni necesidad de aprobación. Simplemente contamos lo que nos pasó, o lo que sentimos, o lo que pensamos, ante personas que nos escuchan con apertura y humildad.
Ante cada relato agradecíamos todos y nos sentíamos hermanados. Cosas muy profundas y verdaderas había vivido cada uno. El que estaba dejando la cocaína habló sabiamente, sobre aceptarse como uno es, comunicar el afecto a las personas queridas, etc., con sencillez, paz y alegría. Agradezco especialmente a todos los que facilitaron y compartieron esta experiencia conmigo, y a quien está terminando ahora de leer esta historia.   
                                               MartínGarrofe


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