Descontrol
Un cierto
descontrol, 22 de febrero de 2005
Activador: Pasaje directo
Fijo mi
atención en algunos objetos, alternativamente entre ellos hay un búho de
madera. En una pared hay un hermoso cuadro de un paisaje. Avanzo a otra parte
de la habitación. Allí me preocupo por volver a ver el búho y el cuadro. Camino
de regreso. El búho permanece en el estante, pero en la pared en la que debería
estar el cuadro ya no hay nada. Luego resurge el cuadro. Otra vez enfoco al
búho. Camino hacia una pared y decido atravesarla. Lo hago y aparezco en una
terraza, al aire libre. Traspaso una puerta de vidrio. Camino al aire libre y
decido salir volando. Salgo hacia arriba. Desciendo. Pruebo la consistencia de
objetos. Toco sobre una mesa una moneda. Es dura como metal. Toco otras cosas
de la mesa, todas con una consistencia corriente según mi experiencia en el
plano físico. Canto una canción con voz muy firme y afinada. Se me ocurre
aprovechar la situación para interactuar sexualmente con alguna mujer. Hay una,
sentada. Le abro las piernas. Mientras hablamos, no recuerdo de qué, le saco la
ropa y ahora está desnuda de la cintura para abajo. Entre las piernas no tiene
nada, sólo piel lisa. Decido que tenga una vagina y le aparece. Primero es sólo
la parte exterior, pero sin agujero, y luego surge el agujero. Otra mujer me
tiene agarrado de la espalda. Temo que sea una araña, pero mantengo a raya el
miedo. Entro al living de mi casa a verificar cosas para constatarlas al
despertarme. Hay una cajonera de madera, y, junto ella, en el piso, una
pelotita de tenis.
Desactivador: no recordado
Más allá de la utilidad de practicar actividades
sólo posibles en sueño, había entrado en un cierto descontrol, ocasionado, me
parecía, por la euforia de experimentar el incremento de potencial. Gracias al
pasaje directo podría entrar al sueño lúcido cuando quisiera, según creía. El
método consistía en levantarme a la mañana temprano y luego dormir una siesta
casi al mediodía, con el cuerpo totalmente relajado. Esperar a que surgieran
las imágenes, prestándoles atención, sin perder la noción de que me estaba quedando
dormido. La luminosidad de esas horas ayudaba a la configuración de imágenes
que, en algún momento, cobraban fuerza y “voilá", me encontraba a
mí mismo (con mi cuerpo de ensueño) en alguno de esos lugares. Allí comenzaba a
interactuar con lo que se me presentase. Era fantástico. Suponía que podía
hacerlo como resultado de las experiencias acumuladas en los últimos meses, de
la labor de recuerdos de sueños y análisis encaminados al sueño lúcido, que me
habían ido despertando esta capacidad. A este respecto, decía Castaneda:
"Don Juan tenía razón al decir que la atención de ensueño entra en juego
cuando se la llama, cuando se le da un propósito. Pero este acto de entrar en
juego no ocurre de la manera en que uno normalmente entiende un proceso: un
sistema de operaciones en curso, o una serie de acciones o funciones que llevan
a un resultado final, más bien es un despertar.", (“El arte de ensoñar”,
versión electrónica). No obstante, el poder del “método” se fue desvaneciendo.
¡La bendita y ubicua atenuación de la eficacia!

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