Estilo amazónico
Dieta al
estilo Amazónico en El Ensueño, Uruguay, del 2 al 6 de abril de 2009
El
curandero asignó a cada uno en el monte un sitio desde el que no se veían
signos de otra persona, aunque sabíamos que había otros dietistas cerca. Ese
pequeño paraje, enmarcado por nutrida vegetación, constituiría la propia
vivienda. Fue notable el contraste entre mi inicial renuencia a ubicar la carpa
en esa zona que, como citadino, no hubiera elegido nunca, y lo a gusto que me
fui encontrando allí a medida que pasaban los días. Gratificante fue la
sensación de necesitar tan poco, y de que tan sólo teniendo instalada la
carpita y colgada la hamaca, ya estaba en el hogar. ¡La naturaleza es el hogar!
Me atraía la idea de
abstenerme de comunicación verbal durante cinco días, algo que ya había probado
en otras ocasiones y cuyo valor para el autoconocimiento en mi opinión es
difícil sobreestimar. Cada cual tendría una planta principal para dietar,
determinada por el curandero, según las propias características y
circunstancias. En mi caso fue la Camalonga, que tenía, entre otras cosas, la
propiedad de estimular el recuerdo de los sueños, que me ayudó, pues pude
recordar y anotar quince, incluido un sueño lúcido, en apenas cuatro noches y
una siesta.
La ausencia total de azúcar y sal, y de otros elementos distractores de la conciencia, como televisión, asuntos y charlas mundanas, etc., me aportaba mucha claridad. Además de meditar y contemplar la naturaleza, echaba mano de rato en rato a un buen libro de Jung que me brindaba un puente hacia la profunda herencia histórica de lo mítico, lo mágico, lo arquetípico, lo animal, lo inconsciente, lo humano.
La purga de Tabaco profundizó aún más la limpieza. El vómito expulsaba cosas que difícilmente saldrían en otras ocasiones, pues se aplicaba en un estado de ya acendrada limpieza. El cuerpo se sentía sano, purificado, bendecido. La relación entre cuerpo y espíritu se amigaba.
Las
ceremonias de Ayahuasca
Primera
ceremonia (Tercer día)
Encaraba esta ceremonia con
una menor cuantía de ansiedad y entusiasmo que las anteriores. Sin tanta
excesiva "adoración" hacia lo que se me presentase. Deseaba compartir
la paz de un árbol, de una piedra. Sin tantas invocaciones, sin tantos rituales
mentales de tipo obsesivo, sin tanto preconcepto. Me limitaría a estar presente
y observar.
Cuando en la última ceremonia
no se habían desplegado ante mí, como antes, "mega producciones"
visuales o de otro tipo, había debido aguzar mi sensibilidad para captar lo que
se insinuara, lo menos impositivo, lo sugerente, lo amable. Y así, también esta
vez, las imágenes tuvieron menos fuerza. En fugaces momentos, sin embargo,
aparecían los "dibujos en movimiento”, de tipo selvático, y también otros
“de tipo eclesiástico”, o de tipo geométrico. Los fantásticos caleidoscopios
que crecían desde el centro que estaba en todas partes. Pero se mostraban a
través pequeñas aberturas. Recuerdo especialmente la visión de un castillo, y
esas figuras apareciendo tras las ventanas. Dirigí cariñosamente la frase:
"me estás seduciendo" a la Ayahuasca.
Dándome por satisfecho me dirigí a la carpa, a acostarme en la hamaca, rodeado de la belleza del monte amigo.
Allí me quedé, disfrutando del aire fresco, del cielo. Del aroma y la vista de la vegetación que me rodeaba. El bienestar y la paz interior eran tales que aún hoy me llega una ola de felicidad tan sólo con recordar ese momento. Y así contemplé la naturaleza, con los ojos llenos de de admiración y agradecimiento. A la Madre Ayahuasca, al Padre Huachuma, a la vida, a Dios.
Dándome por satisfecho me dirigí a la carpa, a acostarme en la hamaca, rodeado de la belleza del monte amigo.
Allí me quedé, disfrutando del aire fresco, del cielo. Del aroma y la vista de la vegetación que me rodeaba. El bienestar y la paz interior eran tales que aún hoy me llega una ola de felicidad tan sólo con recordar ese momento. Y así contemplé la naturaleza, con los ojos llenos de de admiración y agradecimiento. A la Madre Ayahuasca, al Padre Huachuma, a la vida, a Dios.
Esa noche me dormí muy plácidamente.
Segunda
ceremonia (Cuarto día)
Me despertaron a las tres de
la mañana, sin aviso previo, a las apuradas, y me sumé al grupo que crecía de
carpa en carpa. “Parecemos un comando guerrillero", comentó uno por lo
bajo. En la casa nos asignaron los mismos lugares del día anterior. Me alegré
al comprobar que se trataría de una nueva ceremonia.
Llegado mi turno, -¿Podría ser un poco más que ayer?-, pedí al curandero. -Yo veo- , respondió, y se tomó su tiempo para echar determinada cantidad, que luego complementó. -Un poquito más-, me dijo, cómplice, y, al retirarme, añadió -suerte-.
Aguardé el efecto sentado en posición de semiloto, observando mis sensaciones y pensamientos, buscando compenetrarme con el silencio y la calma que había llegado a atisbar la víspera.
Noté que, sin embargo, me disgustaba cierta excesiva frialdad que embargaba mi ánimo. Sentía fastidio. Me pregunté: ¿Por qué? ¿Qué no aceptaba? Entonces se me presentaron sucesivamente mis propias resistencias. Y, cada vez, tenía lugar ese análisis que resolvía, que integraba, que perdonaba, que apaciguaba la mente tras iluminar los problemas, que se retiraban satisfechos del centro de la escena, dejando un poco más de sitio libre para un silencio expansivo.
La mareación creció. Aparecieron filamentos de hermosos colores: Dorado, rojo, blanco, amarillo, verde, mucho verde, que constituían para mí una novedad. ¡Cada ceremonia era diferente! Se hacían más intensos, coloridos y móviles, y lo abarcaban todo.
Aunque el espectáculo me impresionaba, presentía la inminencia de un acontecimiento trascendente. “¿Qué me querés mostrar?”, pregunté a la Ayahuasca. Retornaron las imágenes naturales.
Advertí que las visiones que se me presentaban en esta ocasión correspondían a dos grandes grupos, que, según no expresas denominaciones eran para mí las “naturales”, y las “psicodélicas, o supra naturales”. Teniendo presente las enseñanzas recibidas de las plantas maestras, y de la meditación vipassana, sentía que no debía preferir un tipo de percepción a otra, y ni siquiera reaccionar a su ausencia.
Correspondía, sin embargo, apreciar la belleza, agradecer.
Tenía los ojos cerrados, pero veía: De pronto, “se dividió la pantalla”. En una mitad del paisaje, el monte, en la otra mitad, las imágenes caleidoscópicas fractálicas.
Tras un tiempo de verse las cosas así, estas dos partes se fundieron y, como resultado, sobrevino una revelación: “Claro, que el mundo es así, que nosotros no lo vemos pero es así de hermoso”, me dije, a título de verbalización de la respuesta que sentí que me daba la Ayahuasca a la pregunta que le había hecho antes, acerca de qué me quería mostrar.
Pues en ese momento estaba contemplando un paisaje maravilloso. No con los ojos físicos. Con el ojo de la mente. Era el mismo monte, lleno de árboles, arbustos y plantas, pero visto de otra manera. Totalmente constituido por filamentos de luz y colores que fluían a toda velocidad.
Noté lo fácil que se ensamblaba esa visión con la forma que conocía de las plantas. Realmente todo en ellas sugería esa otra vista. Un árbol con sus ramas hacia afuera y sus hojas en las puntas parecía una explosión de energía. Asemejaba un estallido de fuegos artificiales. La estructura y las hojas de los arbustos, de formas puntiagudas o ramificadas, bordes dentados, recorridas del centro hacia fuera por las nervaduras de un color más claro, parecían constituidas por esos filamentos. Ni qué hablar de los pastos, puros filamentos.
Luego de un tiempo, regresó la alternancia. A veces veía el paisaje de una manera y a veces de la otra. -¿Por qué el hombre se alejó?-, pregunté con pena. -¡Si todo es tan hermoso!-. Pero ahí en esa belleza también hay muerte, ataque, miedos. "Quizás la no aceptación del destino… Quizás se perdió el significado verdadero de la muerte”.
A continuación, mi cuerpo se elevó en una especie de cama lujosísima, indescriptible, adornada con luces en movimiento, con explosiones de energía. Llegué a un lugar que era como un gran templo colmado de oro y plata. Advertí que se acercaba un frente majestuoso. De algún modo sabía que era una autoridad. Un ser divino. Con capacidad de juzgarme, y que me inspiraba sumo respeto. Estaba muy alerta.
En el ángulo superior izquierdo advertí una cosa pequeñita. Por un segundo puse mi atención en ella. Eso bastó para que cambiara la dirección de acercamiento. Todo se iba desviando y me acercaba a ese puntito. Mientras tanto, las dimensiones se iban ajustando, y mi tamaño se aproximaba al de ese objeto. Todo ocurría sin mediación aparente de mi voluntad. Consideré la posibilidad de resistirme, pero me dije que había que aceptarlo todo.
Al llegar, advertí que se trataba de un insecto, con sus largas patas plegadas y pinzas delanteras, preparado para atacarme, quizás en defensa propia. Me concentré en observarlo sin temor ni rechazo. Y entonces la percepción cambió, y su forma pasó a estar constituida por esos filamentos de luz iridiscente. Una energía chisporroteante recorría su cuerpo. Pensé sin palabras que, aunque la vista era magnífica, no por ello dejaba de tratarse de un ser con capacidad de ataque. Cuidando de no asustarme, le di la espalda y me alejé.
Avancé flotando por la nave del templo, cada vez más por el centro y por lo alto, y a mí alrededor todo refulgía. Eso era para mí era una señal de que había adoptado la actitud correcta.
Éstas y otras cosas me ocurrieron durante las ceremonias. Comunico las reflexiones que tuve tal como fueron. La contemplación de naturaleza como energía me quedó muy presente como referencia de una posible forma de ver el mundo, que me orienta e impulsa a seguir meditando, buscando la claridad de conciencia, explorando las puertas de la percepción.
Conclusiones
finales
Considero que la experiencia
me dejó un mayor grado de autoconocimiento, y retorné físicamente más sano y
ligero. Encontré nuevas ideas, decisiones, escritos y proyectos. El último día
paseamos por la ciudad de Colonia, en un fantástico día de sol. El regreso en
barco permitió seguir intercambiando relatos e impresiones con los demás
buscadores, que, aunque quizás no pueden transferir la parte inefable de la
vivencia, me resultaron fascinantes y propiciaron, a mi juicio, un intercambio
íntimo y verdadero.
"Con ese espíritu dejo
aquí mi testimonio, que espero también sirva de recomendación a quien así lo
sienta".
Martín Garrofe

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