Conciencia básica

Conciencia básica y conciencia luminosa
…como alternativa a los términos “conciencia” e “inconsciente”

Por Martín Garrofe

       Dice el maestro de meditación vipassana S.N. Goenka que “la llamada mente inconsciente, el nivel más profundo de la mente, en realidad no es inconsciente. Continuamente es consciente. Día y noche. Consciente de las sensaciones del cuerpo”.
No sólo es consciente, sino que además reacciona a ellas, con alguno de los llamados “tres venenos”, a saber: deseo, aversión e ignorancia (también traducidos, siempre con las dificultades que entraña partir de un idioma tan distante, como “amor”, “odio” e “indiferencia”). Este hecho nos lleva a abordar la cuestión de qué significa que un proceso psíquico sea “inconsciente”, porque, cuando pensamos en ese término, imaginamos, de acuerdo con la etimología de la palabra “conciencia”, que lo inconsciente es lo que no sabe, no conoce. O lo que no se sabe, no se conoce.
Pero he aquí que en esas profundidades hay reacción. Y no es meramente mecánica, sino un hecho del alma. Los procesos con los que se encontró Freud, como la censura, las formaciones de compromiso, etc., revisten el mismo carácter. No son maquinales, mero software de ordenador: Involucran a la psique, aunque tengan una cualidad diferente de aquellos procesos que se encuentran en nuestra superficie, que podemos manejar más fácilmente, los inmediatamente accesibles para nuestra memoria. Por eso tendemos a decir de aquéllos: “no tengo conocimiento de ellos”. “No son conscientes”.
Es que el ser está dividido. En ambos casos hay alguien que conoce, pero se trata de distintos sujetos de esa acción. Cabría preguntarse a continuación: ¿Quién es el que habla cuando se dice “no soy (o no fui) consciente”? Si me considero a mí mismo exclusivamente como el sujeto de esa conciencia inmediata y accesible, el sujeto cartesiano, entonces puedo afirmarlo. Si me considero dividido, no integrado, entonces bien puedo admitir: “Una parte de mí no es (o fue) consciente de tal cosa”.  
Dice Jung en “El hombre y sus símbolos” que aceptar la idea de una mente inconsciente  implica aceptar que hay dos personalidades dentro del mismo individuo…. y añade que, efectivamente, las hay. Cada una de esas partes o aspectos, que, por cierto, no son sólo dos, es consciente de los procesos en los que participa  (conoce de ellos), pero no lo es necesariamente de los demás.  Dice que es el misoneísmo (miedo a lo nuevo) lo que hace que no aceptemos la existencia de una parte inconsciente de la psique humana.
Dice también “Los especialistas pronto se dan cuenta de que los contenidos inconscientes de la mente se portan como  si fueran conscientes y que, en tales casos, nunca se puede estar seguro de si el pensamiento, palabra o acción es consciente o no lo es”
De lo que se ocupa en ese artículo es de demostrar que hay actividad mental (tómese “mente” en el sentido de psique, es decir, un compuesto que abarca las emociones, intuiciones, etc., no limitado a los procesos racionales) más allá de la llamada conciencia, empresa que se justificaba en aquel momento, pero ahora, con la amplia aceptación de ese hecho, podemos abocarnos a buscar una denominación más acorde a los conocimientos actuales.
Nótese como esta dicotomización entre consciente e inconsciente no es precisa y conduce a confusiones varias. Sabemos desde el psicoanálisis y desde el budismo, al menos, que el hombre es responsable de aquello que hace en forma “inconsciente”, y que, cuando esclarece los motivos y el proceso mediante el cual lo hizo, se encuentra a sí mismo. Por lo tanto, aliviaría la actividad de comprensión el hablar de conciencia para todos los casos, pero distinguir entre la conciencia de base, que está en todas partes, y aquella conciencia de superficie, iluminada o “luminosa”, que es una parte de la primera, aquella parte más presente e inmediata a nuestro ser.
Declarar inconsciente a un proceso psíquico es una toma de posición con respecto al ser humano y a la responsabilidad, muy distinto a decir algo del tenor, por ejemplo: “No es/era tan consciente…” o “no tiene/tenía eso tan en luz”. De esta última forma se consideran mejor los matices, las gradaciones.  
Los denominados “procesos inconscientes” son comportamientos que tienen un sentido, aunque éste sea desconocido para el individuo.
 No obstante, por muy “desconocido” que se lo conciba, este sentido tiene características de pensamiento. De captar algo, crear algo, reaccionar a algo, como, por ejemplo, en la elaboración de un sueño o la generación de una formación reactiva u otro tipo de síntoma. Conciencia viene del latín y significa literalmente: “con conocimiento”. Si la mente reacciona ante algo, entonces lo conoce, al menos de algún modo. Si se tratase de algo meramente automático, ¿podríamos estar hablando de sentido, o de mente? El hombre se encuentra dividido, conoce muchos aspectos de su psique, y muchos otros no. Esos aspectos, que le son desconocidos, ¿lo son para la totalidad de sí mismo? ¿O apenas para una parte? Por otro lado, ¿es el hombre solamente esa parte de sí mismo que desconoce a otras o es la totalidad de sus partes, que conocen algo cada una?
La salud, según la mayoría de las visiones, tanto de la psicología moderna como de la sabiduría ancestral, se corresponde con la orientación a obtener un mayor autoconocimiento. Es decir, dejar de ser un conjunto de partes o yoes aislados y pasar a integrarse como totalidad. En ese sentido apuntan consignas como “conócete a ti mismo”, “hacer consciente lo inconsciente”,  o buscar la iluminación. Si bien una parte es inconsciente para otra, si tomamos al hombre en su totalidad, ningún acto psíquico es totalmente inconsciente, es decir, “sin conocimiento”.
¿Cuántas veces nos pasa que, por algún motivo, descubrimos que hemos venido actuando de una forma negativa, que no nos parece bien, pero que lo hacíamos “inconscientemente”? No obstante, sentimos culpa, o, en el mejor de los casos, responsabilidad. ¿Por qué sentirlas si se tratara de algo de lo que no habíamos tenido ningún conocimiento? Más bien pareciera que sí lo poseíamos en algún estrato de nuestro ser, pero, en otro nivel, no queríamos enterarnos.  De nuevo: una parte es consciente, otra no.
Dice Jung:  “La sombra es...aquella personalidad oculta, reprimida, casi siempre de valor inferior y culpable que extiende sus últimas ramificaciones hasta el reino de los presentimientos animales y abarca, así, todo el aspecto histórico del inconsciente...Si hasta el presente se era de la opinión de que la sombra humana es la fuente de todo mal, ahora se puede descubrir en una investigación más precisa que en el hombre inconsciente justamente la sombra no sólo consiste en tendencias moralmente desechables, sino que muestra también una serie de cualidades buenas, a saber, instintos normales, reacciones adecuadas, percepciones fieles a la realidad, impulsos creadores, etc.”. Aion, 1951, pág. 379.
Las cualidades que atribuye a la sombra, no podrían entenderse sin el atributo del conocer, propio de la conciencia. Veamos: “culpable”, “tendencias morales”, “cualidades buenas”, “reacciones adecuadas”, “impulsos creadores”…  ¡Evidentemente, hay alguien ahí! En ese sentido, la idea de que estamos compuestos por múltiples yoes, expresada por Gurdguieff, es muy adecuada. Si en todas partes hay conciencia, entonces, pero ésta está dividida, ¿no sería mejor denominar conciencia básica a esa totalidad, y considerar a los procesos como más o menos superficiales, o más o menos luminosos?
“Conciencia básica”, “conciencia luminosa”, “conciencia profunda”. Consideremos a la totalidad de la conciencia como conciencia básica, y a la parte más accesible a nuestro Yo como conciencia luminosa, que sería un subconjunto de la conciencia básica. En los estados de conciencia acrecentada estamos ampliando ese subconjunto para que abarque más partes de la conciencia total o básica. Estamos visitando territorios de la conciencia profunda. Cuando la conciencia luminosa coincida totalmente con la conciencia básica, llegaremos a la totalidad de nosotros mismos.
Esta diferente denominación y, quizás, concepción es útil para explicar muchas cosas de con mayor claridad. El famoso lema de “hacer consciente lo inconsciente” podría pensarse como llevar la luz a las zonas en sombra de nuestra conciencia, lo que no sería otra cosa que ampliar la conciencia luminosa, para que abarque más zonas de la conciencia básica. Distíngase entre tener conocimiento de lo que ocurre en algún territorio y ocupar ese territorio. En ese sentido, no es lo mismo adquirir un conocimiento intelectual sobre algún proceso profundo o “en sombra” de nuestra psique que pasar a tener eso en luz, reconocerlo como parte de nosotros mismos, integrarlo, aceptarlo, “ser” eso. Esto último ocurre cuando nuestra conciencia luminosa alcanza ese proceso.
Teniendo esto en cuenta, es muy importante destacar el valor de las experiencias de conciencia acrecentada facilitadas por las técnicas del chamanismo, budismo, hinduismo psicología gestáltica y transpersonal, etc., ya que implican esa ampliación (o desplazamiento) de la conciencia luminosa, para llegar a zonas de la conciencia profunda. Podrían denominarse también “Experiencias de la conciencia profunda”.
La meditación vipassana me ha enseñado por experiencia que la capacidad de darnos cuenta de que captamos infinitas sensaciones en todo el cuerpo todo el tiempo puede ampliarse enormemente (quizás ilimitadamente). Pasamos a sentir esas infinitas sensaciones, pero a la vez nos damos cuenta de que siempre las estábamos sintiendo y reaccionando a ellas. Sólo hemos llevado luz a zonas en sombra de nuestra conciencia. O podría decirse que hemos accedido a zonas profundas de nuestra conciencia, ampliando la esfera de luz. De hecho, al meditar así, se accede realmente a percibir el cuerpo iluminado. ¿Por qué se “ve” así? Porque no se capta con el ojo.  Pero una información perceptiva tan detallada de formas y espacios, que se configuran a partir de sensaciones, sólo puede convertirse en imagen en el escenario de nuestra conciencia. Es decir, como ocurre con la visión procedente del ojo, que también es una reconstrucción de datos que primero pasan desde el ojo a la conciencia y luego se representan como imagen.
Tomemos la conocida analogía de la conciencia como una isla y el inconsciente como el mar que la rodea. Cuando irrumpe una gran ola de ese mar, la conciencia, pasada la turbulencia, conoce un poco más de lo que habita esas profundidades. O, mediante el arte de la “pesca” (interpretaciones, inferencias, elaboraciones), puede ir obteniendo información y alimentos de ese mar. Pero también puede sumergirse. Esas son las experiencias de conciencia profunda. La isla puede sumergirse, ampliarse, y finalmente fusionarse con el mar.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                           
           
Notas:
Aceptación aquí no es conformismo, sino simplemente estar en paz con lo que la vida nos trae y con lo que experimentamos. Eso permite el desarrollo de la compasión: sentir el sufrimiento propio y ajeno y poder actuar para aliviarlo. En los casos en que ello implique el uso de una fuerza de oposición, la emplearemos en total paz interior, lo que nos permitirá medir lo que hacemos manteniéndonos conscientes. En otras palabras, no generar negatividad interna
Y con respecto a la luz, no se dice aquí que el día sea mejor que la noche, ni que haya que saturar todo de intensa luz física. Cuando la conciencia se expande, en meditación profunda por ejemplo, se llegan a percibir formas y colores con sumo detalle, mucho más fino que el que los ojos captan, aun cuando éstos estén cerrados.  Aparece otra luz. Una que no encandila y es respetuosa de los misterios. A esa luz me refiero.





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