Ceremonia 64

Ceremonia 64
Hacía más de cuatro meses que no tomaba. La única excepción había sido dos meses atrás, en una ceremonia a la que,  por consejo del curandero amazónico Wagner, había asistido casi sin tomar, “para sentir de otra manera la energía” y, de paso, contribuir con algunos ícaros. Ahora, tras el descanso, volvería de a poco, y con dosis menores, acompañando, además, con una alimentación sostenidamente más sana.
Dispuse bien el lugar, canté un ícaro de limpieza energética y pedido de protección, prendí palo santo y una vela, y saludé a las siete direcciones, como había aprendido en Munay Ki, abriendo el espacio sagrado.
Lo poco que tomé me resultó suficiente para llegar a la mareación. Estaba practicando meditación diariamente, y me encontraba bastante sensible para atender a las cosas que se presentaran  de modo sutil.  Luego tomé un poco más, al constatar lo armonioso y benéfico de la experiencia que estaba teniendo.
Tuve una leve náusea luego de la segunda toma, pero no vomité. Mejor, pues quería que la planta trabajara profundamente en mis intestinos y aprovechar especialmente el efecto desparasitante de la ayahuasca, sanador del cuerpo, luego de una purga de tabaco que había realizado días atrás, como parte de un proceso de depuración.
Comencé cantando, que era una forma muy buena de conectarme. Pedí protección para mi casa. Le agradecí que me hubiera albergado tanto tiempo. Mi mirada se amplió a la cuadra. Se me aparecieron algunas personas que irradiaban luz al barrio. Se me prefiguró que yo podía ser un poco más uno de ellos, con las ventanas más abiertas y más dado a la comunicación. Para ello era necesario ver cómo brillaba lo bueno, y esa visión se basaba en el corazón. Se trataba del tipo de pensamientos que me servían de indicadores de la subida del efecto.
Aparecieron visiones de familiares y otros afectos, pasando revista de lo que tenía, de lo valioso, que era nada menos que contar con el amor y la confianza de todos ellos, el verdadero tesoro en el mundo. “El amor es…”, me dije varias veces, “…el verdadero tesoro sobre la tierra”. El amor era el que hacía todo nos salera bien… Que no nos equivocáramos mucho con la gente, no por ser expertos diplomáticos, sino porque con gusto nos fijábamos en los detalles, movidos por el verdadero sentimiento. Me dije a mí mismo que lo más valioso que tenía era el amor de mi corazón. La fuerza gracias a la cual avanzaba en el camino, que me permitía templarme, abrir mi percepción y entendimiento.
Levantaba las manos y las movía sobre mi cabeza. Desde su centro se abrió la red energética que ya tanto conocía. Creció hasta abarcarlo todo. En el enorme espacio comprendido por ella podía ver, a pesar de tener los ojos cerrados. Las manos tenían también su red interna, así como todo mi cuerpo. Veía integralmente cómo su movimiento afectaba las líneas de la red externa, que era también un mundo de explosiones fractálicas. Mientras tanto agradecía, pues se trataba de un estado maravilloso y porque disfrutaba de percepciones celestiales. Tenía  la certeza de que lo que se me ofrecía era lo que se podía ver si se alcanzaba la pureza de corazón, incluso sin mediación de Ayahuasca.   
 Vi unos armarios mágicos, con puertas de doble hoja al medio. Estaban revestidos de vidrios labrados de la más fina orfebrería, y adornados con diamantes. Abiertos, invitaban a  entrar, en ofrecimiento de acceso a misterios sagrados y maravillosos.  Era un deleite observarlos y había gozo en mi alma. No se trataba de algo para codiciar, que me pudiera generar apego. Eran tesoros para admirar, simplemente, y de buen augurio. Observarlos me dejaba en un estado de mucho bienestar, cercano a los grados extáticos que acompañaban la percepción del dorado intenso.
Asimismo, contemplaba ambientes maravillosamente decorados, que incluían plantas adornadas exquisitamente. Uno era un amplio baño, otro una cocina. Era un deleite verlos. Todo ello pertenecía a otro plano, a otro reino, a un nivel más sutil y elevado de vibración. Estar allí era mágico y delicado. Había que mantenerse templado para continuar. En eso se parecía a un sueño lúcido.
En otro momento, me encontraba en el interior de un palacio de finísimos detalles resplandecientes, que me dejaban sin aliento. “Para el hombre que visita este lugar…”, pensaba, “…esto es lo más cercano, dentro de lo terrenal, a una visión celestial”. “Aunque la Ayahuasca me da más”, añadí, porque se trataba en ese momento de una visión de algo físico, y  la ayahuasca me facilitaba también todo lo sutil e infinito de lo extrafísico.  Presté más atención, viendo lugares fantásticos, y noté que flotaba, especialmente en torno a los detalles más llamativos, una nube de pequeñas estrellas o diminutas formas mandálicas, que se encontraban en continuo movimiento de explosión. Sabía que había mundos dentro de cada una de ellas,  y que poder conocerlos era cuestión de que mi corazón y mi conciencia se abrieran todavía más. ¡Cuánta abundancia en el universo! Recordé cómo desafiaba a mi comprensión la lectura del Sutra del Diamante, cuando me tomaba en serio algunas de sus afirmaciones más radicales, que utilizaban números astronómicos para expresar cómo un pequeño paso hacia la liberación daba un mérito superior al de colmar miles de mundos con los tesoros físicos más valiosos. Captar la existencia de estos otros tesoros, mucho mejores que los materiales, sin limitaciones de apego ni de cantidad, me permitía entender esas palabras.  
Inesperadamente, pasé por una zona sombría donde, a mi izquierda, había cavernas con poderosas brujas. Sin distinguirlas bien, les dirigí un saludo, a las que estaban en la luz y a las que estaba en la oscuridad, deseando a estas últimas que pudieran volver a la luz algún día para que lograsen sonreír y ser verdaderamente felices. Tenía presente que su poder era mucho y no sería simplemente por ese saludo que se convertirían. Había quedado abierta esa zona e iban viniendo y entrando en mi lado izquierdo, mientras podía ver sus largas narices y afiladas garras.  Pensé en defenderme pero recordé las enseñanzas de apertura recibidas, según las cuales era mejor canalizar. Especialmente recordé una afirmación de Wagner: “Hay que ser como los árboles, que absorben la contaminación y se purifican”. Entonces soplé hacia arriba, hacia la luz, para ir mandando allí todo lo impuro  o insano que pudiera haber en mi interior. Me sentí tan bien al hacerlo que lo repetí  varias veces con profundidad y energía, mientras veía nubes de elementos que llegaban a la luz y se purificaban. 
Y mientras soplaba, acompañaba con movimientos de manos, muy propicios para sentir y facilitar la circulación de la energía. A veces en gestos simétricos con las palmas abiertas y a veces con un solo brazo levantado y la palma abierta hacia el cielo, haciendo subir y bajar la energía. En ocasiones emitía un silbido muy especial, típico de las situaciones de ayahuasca. Aunque esta vez se añadió un elemento inesperado: El soplido se volvía suave y parecía ser un pedido de silencio que me llegaba desde alguna parte de mi más profundo interior, y me llamaba a cortar los pensamientos y observar. Los pensamientos en ceremonia, que paulatinamente se habían ido volviendo más armoniosos, tranquilos, suaves, ahora, finalmente, se estaban empezando a detener. Fue satisfactorio notar cómo se apagaban amablemente para dar lugar a la observación. Una nueva etapa del prolongado pero constante proceso de aprendizaje y transformación.
Me di cuenta de que sentía mucha tranquilidad. Quizás la mayor que había tenido en una ceremonia. Y eso que me encontraba solo (físicamente hablando). No es recomendable (y reviste ciertos peligros) hacer una ceremonia solo, a no ser que se tenga mucha experiencia.
En otros momentos, dirigiéndome al amor universal, al color dorado que veía, a Dios, me encontraba flotando cerca de unas nubes en un amplio paisaje sobre el mar, sintiendo plenitud y luego, en un gran centro del espacio, veía todo de oro, con una luz impresionante. Era el sol, pura luz, amor y poder. Y me llegaba el conocimiento de que todo lo que, en el universo, no soportaba la luz no tenía otra opción que irse convertirse en algo marginal.
Además de las visiones de red luminosa, fractálicas, de estrellas en explosión, de paisajes maravillosos, de sol intenso y de palacios divinos, percibía, a veces, infinitos bichitos, abarcándolo todo. Eran, ora de una clase ovalada, ora gusanitos con una pinza en un extremo. Elementales, indefensos, inocentes, alimentándose. Y se me aparecían reflexiones sobre esas almas pequeñitas. ¿Cuál era la razón de ese viaje de incontables almas por la abismal existencia? ¿Cuál su sentido? Estaba claro que como ser humano, en mi estado actual, entendía muy poco sobre todas esas cuestiones micro y macrocósmicas. Pero había cosas que sí podía entender: Las enseñanzas de los maestros, que hablaban de fe, amor universal, cultivo de virtudes, etc., como brújulas en el camino.
Pedí  y agradecí mucho, disfrutándolo a su vez, a la Gran Madre, el Gran Espíritu, a los Apus, a Cristo, a las plantas, a las estrellas, a los elementos, a mis ancestros, etc. Pedí a la Tierra que me diera la paciencia de los árboles, el valor del león, la fuerza de las montañas, etc. Pedí sanación para cada parte de mi cuerpo, tocándola, haciéndole “sana-sana”, pasándole energía, valorando sus funciones, que pedí poder cumplir bien, orientado a buenos fines, para lo cual iba atendiendo a la forma en que estaba usando sus capacidades, teniendo en cuenta también su simbolización. Vi que mi salud física y existencial dependía de estar más activo, empezando por el cuidado de los templos de mi cuerpo, mi casa, mis costumbres, mis relaciones, etc.  
Se me presentaron posibilidades futuras de acción, como era habitual. Utilicé un rato, por primera vez en Ayahuasca, la mesa de poder. Con ella me acordaba de muchas personas y me ocupaba de ellas, siempre con muy buenas intenciones.
A veces ingresaba en historias con ligereza, de una forma algo lúdica. Pensando en la cuestión de la sutileza y amabilidad  que se derivaban de un abordaje amoroso de las cosas, me imaginé ante una mesa de personas elegantes y poderosas, en un fino restaurante. Pero, en lugar de comportarme delicadamente, les arrojé la mesa encima y saqué un arma, pues del otro lado de la ventana se preparaba un ataque con ametralladoras y era necesario ser brutal en defensa de mis aliados. Recordé una película en la que un mafioso se retiraba enojado de una reunión cumbre de las distintas bandas. Al rato este mismo bandido se aparecía con sus hombres del otro lado del ventanal y los mataban a todos sin darles oportunidad, incluido al gran jefe gordo. Hasta aquí llegaba el recuerdo, a partir del cual imaginé cómo sería el día siguiente del autor del cobarde ataque. Lo vi sorprendido al encontrarse con  varios miembros de la banda del gordo, que,  lejos de haber muerto, lo capturaban y llevaban a punta de pistola. El hombre no cabía en su asombro. Pero el menos el gordo”, decía, “díganme que él sí murió”. Entonces lo llevan a un sótano donde estaba el mismísimo aludido. El traidor no entendía nada. Había visto a todos ellos morir el día anterior bajo sus balas. Desesperado decía: “pero si yo los maté. Yo los vi morir” “¡Debo estar loco!”. Yo le respondía, como consolándolo, pues se encaminaba a un infierno muy profundo: “Sí. Estás loco. Estarás loco por un buen tiempo. Es lo mejor para vos”, consciente de que no podría afrontar cuerdo el peso de todo el daño que había hecho. En ese momento de la fantasía ya hablaba en serio y parecía estar abordando algo mucho más universal, sobre cómo los resultados de las acciones siempre regresaban, y quien no los pudiera afrontar caía en la locura. Quizás eso mismo me había ocurrido incontables veces a mí en anteriores existencias.
Se me daba mucho esa característica de dramaturgo, de ponerme en los diferentes lugares y actores de una situación. Se me aparecían partidas de go, juego milenario de tablero que practicaba, y venían a mí jugadas en las que agotaba las posibilidades del grupo de piedras de un rival. Pero en vez de pensar: “Qué bueno, logré ganar acá”, me parecía cruel quitar, implacablemente, las últimas chances a un grupo que había luchado bien, y experimentaba la frustración de su defensor. Así como a veces se daba esa ubicuidad en las visiones, en este caso era una ubicuidad de empatía. No había punto desde el cual ver, ni punto desde el cual sentir, era algo más despersonalizado, un beneficio que la atenuación de la identidad traía.
 Volví a decir entre mí: “El mayor tesoro que hay sobre esta tierra es el amor”. Me concebí como hombre sobre la tierra durante muchas épocas, en muchas vidas. Estaba sentado en el tronco caído de un árbol, en un espacio de abundante y salvaje vegetación. Se me vino la idea de pueblos originarios, de indios, de nativos, de salvajes. Y eso era yo. Lo había sido tantas veces. Por lo tanto, lo natural era llamarme simplemente hombre, persona, gente. Para distinguirnos de tantos otros seres no humanos sobre la tierra, como los animales y las plantas, nada más que eso.  
Recordé cuando me enseñaron que el “hombre primitivo”, como no podía explicarse la lluvia, el paso del sol, las mareas, lo había endiosado todo. En cambio la ciencia contaba con las explicaciones racionales. Me imaginé interrumpiendo una cátedra y declarando, en firme y alta voz: “No es que fueran supersticiosos. Es que ellos veían. Con la visión integral”. Una visión no compartimentalizada, no sectorizada.  Me habían enseñado a calificar como distorsión, alucinación, a aquello que iba más allá de lo que llegaba como dato objetivo a los sentidos.  Pero era todo lo contrario. La visión originaria era integral. La intuición, la imaginación, el sentimiento, iban unidos al percibir sensorial configurando la verdadera visión.
Sobre un tema afín, había oído hablar de la visión de 360 grados, y, en algunos sueños lúcidos la había experimentado. En Ayahuasca me ocurría algo distinto: Captaba las cosas sin direccionamiento lateral, es decir, desde todas las partes o ninguna, desde adentro y desde afuera, todo a la vez. Así como cuando nos  movemos sin el cuerpo físico, por ejemplo al soñar, no hace falta caminar, pero lo hacemos por costumbre, al percibir sin los ojos físicos, no hay condicionamiento lateral,  aunque al principio lo creía, porque la percepción tan detallada me remitía automáticamente al sentido de la vista y me hacía construirme esa limitación.
Dediqué un tiempo de atención a mis ancestros, y especialmente a mi padre, por quien pedí paz y a quien elogié todo lo bueno que desplegó en este mundo. Fui consciente también de sus dificultades. Le pedí perdón por no haber sido más despierto y sensible en sus momentos de más necesidad y,  finalmente, le di un  prolongado abrazo simbólico. 
Tuve visiones de serpientes y arañas, aunque recuerdo muy poco ahora de cómo fueron. Sólo tengo presente la imagen de una cobra mirándome de frente.
Me acosté un rato, en un momento de mucha mareación, y experimenté una elevación hacia el cielo. Me sentía como un bebé en una cuna, guiado por una divinidad amorosa. No recuerdo bien ahora los detalles del entorno, pero esa situación estaba ocurriendo realmente. Me rodeaba una nube de sentimiento benéfico, de cuidado y amor. El espacio por el que ascendía y el sitio al que arribaba eran de una amplitud espacial inconmensurable. Recordé en ese momento las experiencias similares que había tenido en mis primeros encuentros con Ayahuasca y Huachuma en el Cusco, que habían sido hermosísimas, pero en el momento de la ascensión a un nacimiento celestial había tenido miedo y pedido: “todavía no”. Por más maravilloso que fuera ese lugar, era muy grande mi necesidad de hacer un mejor trabajo en la Tierra, de no querer irme aún. Al respecto, tuve mucha conciencia de que el hecho de morir en cualquier momento o continuar viviendo no dependía de mí. Estaba en manos de Dios. Entonces pedí, sin temor pero con sentimiento, más tiempo, para poder comunicar, aprender y brindar más, aunque en cuanto al aprendizaje, ya estaba muy agradecido y satisfecho. En comparación con la forma en la que veía y sentía el mundo hacía unos años, antes de ingresar en el ámbito de la meditación vipassana y en la esfera de las plantas sagradas, ahora tenía mucho para sentirme feliz. Mi paso por el mundo, en relación con las potencialidades que traía, ya había dado frutos. Pero faltaba mucho y sentía que contaba con los recursos para lograrlo.
Improvisé vocalmente casi todo el tiempo, la forma de cantar que me parecía más natural y disfrutable, en la que ponía sentimiento e intención. No faltaron la quena, la yacapa, la maraca y los silbidos.
En algún momento, estando ya recostado, me acordé de cerrar la ceremonia y así lo hice, en voz alta y luego siguieron varias horas sin dormir, pensando, viendo y sintiendo. Ésa era otra característica de la ayahuasca, que alejaba bastante del sueño. Pensé en la diferencia entre haber hecho o no esta toma. En el segundo caso, hubiera meditado como máximo una hora, jugado go, mirado algo en la tele, leído un poco y dormido. Pero en cambio estuve al menos nueve horas bien despierto y con la conciencia acrecentada, conectado con mi interioridad, sin leer nada, sin distraerme en entretenimientos externos. Eso sólo ya era algo muy valioso como trabajo personal.
En una última parte del viaje, pasado todo lo auspicioso y fortalecedor, se me aparecieron con fuerza mis preocupaciones subyacentes, y fueron largos ratos de afrontar lo que sentía que no estaba del todo bien, las cosas que no hacía, lo no conseguido, lo no desplegado, el exceso de comodidad, las posibilidades del futuro hacia las que parecía estar encaminándome sin desearlo, pero por inercia, etc.  A quienes teman que la Ayahuasca pueda ser adictiva, les aclaro que no lo es, pues de ninguna manera tiene fines de  escapismo. Tenemos que vérnoslas con lo que sentimos, hacemos y somos; con nuestra existencia desplegada y con todo lo que nos preocupa, en  forma sostenida. No hay evasión posible. Y lo que se vio, lo que se prefiguró, los caminos que se advirtieron como errados, etc., no se olvidan al otro día, sino que pasan a estar muy presentes, ocupando un lugar de privilegio.
Fue una experiencia de mucho aprendizaje y sanación, de la que me siento satisfecho y agradecido, y por ello he deseado compartirla, como parte integrante del proceso. El círculo se completa y se amplía de esta manera, y espero que sirva de ayuda a otros y recibir retroalimentaciones. 



Comentarios

LISETTE+ ha dicho que…
GRACIAS POR COMPARTIR TANTAS EXPERIENCIAS DIVINASSSSSSS MARTIN

ME ENCANTA LA PAGINA

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