Avatar de Conciencia

El avatar de la conciencia

Por Martín Garrofe

        En  todas las zonas de nuestro proceso corporal hay conciencia. No hay hecho corporal (y en todo momento pasan cosas en todas partes de nuestro cuerpo) que no venga acompañado por una reacción química, que genera sensaciones. Las sensaciones son acontecimientos psicofísicos. Y no hay sensación que deje de ser atendida, al menos de cuatro maneras posibles: Con plena atención y ecuanimidad o generando, en mayor o menor grado, al menos uno de lo que en budismo se denomina los “tres venenos”: deseo, aversión o indiferencia.
Cierto es que la mayoría de estos acontecimientos de “saber de algo y responder a ello” escapa a la parte más accesible y reconocida de nuestra conciencia, pero no por ello dejan de ser acontecimientos de la misma, como se desprende del fragmento entrecomillado de la presente frase. Y, dado que hay conciencia, no corresponde utilizar el término “inconsciente”. Resulta más adecuado hablar entonces de niveles de conciencia, que van desde lo superficial (dicho esto sin connotación negativa) a lo profundo; o desde lo luminoso a lo oscuro (éste último término tampoco con connotación negativa). Como explicamos en el artículo “Conciencia básica y luminosa”, en lugar de emplear la dualidad conciencia/consciente por un lado, e inconsciente por otro lado, a la conciencia ubicua la denominamos “conciencia básica” y la parte más luminosa o superficial de la misma la llamaremos “conciencia luminosa”.   
Cuando la conciencia luminosa amplía su campo y pasa a abarcar más partes de la conciencia básica, debido a algún fenómeno de ampliación, de “conciencia acrecentada”, o en razón, quizás, de un simple aumento de la atención, la concentración, etc., esta conciencia luminosa enfrenta, entre otras cosas, un aumento en la intensidad y en la cantidad de las sensaciones que capta, que asume, que absorbe. La conciencia luminosa se hace cargo de más cosas y tiene ante sí un desafío mayor, un trabajo más exigente. La primera consecuencia, en este sentido, es la presencia de mayor dificultad o sufrimiento que antes.
Cuando, por el contrario, la conciencia luminosa disminuye su territorio (entiéndase esto en términos de espacio abarcado y también de grado de penetración en lo diminuto dentro de dicho espacio), debido a algún fenómeno adormecedor, atenuador, como la ingesta de depresores del sistema nervioso, distracciones de cualquier clase, o cualquier otra forma de disminución de la atención o la concentración, la primera consecuencia es de alivio. Su tarea parece más sencilla, como si se hubiera sacado un gran peso de encima.
A la larga estos resultados se invierten.
Veamos ahora qué pasa desde el punto de vista de la conciencia básica, de la cual la conciencia luminosa es siempre una parte. Cuando la conciencia luminosa la abarca en mayo grado, la conciencia básica está más iluminada. En cambio, cuando la luz se retira, hay mayor caos y sufrimiento. Si consideramos la posibilidad de un mítico estado primigenio en el que la conciencia luminosa abarcaba la totalidad de la conciencia básica, y constituían ambas una sola cosa, podemos suponer que los sitios más alejados de la luz poseen actualmente alguna característica adversa a la misma que la ha hecho retirarse. Lo que ocurre allí, dicho en otras palabras, no es luminoso. Está plagado de los tres venenos. En cambio, en “la luz” hay más atención y ecuanimidad, y, por lo tanto, menos generación de venenos.  
Me parece pertinente citar ahora una nota de pie de página del artículo antes citado, que reza: “Con respecto a la luz, no se dice aquí que el día sea mejor que la noche, ni que haya que saturar todo de intensa luz física. Cuando la conciencia se expande, en meditación profunda por ejemplo, se llegan a percibir formas y colores con sumo detalle, mucho más fino que el que los ojos captan, aun cuando éstos estén cerrados.  Aparece otra luz. Una que no encandila y es respetuosa de los misterios. A esa luz me refiero. “
            Todo aquello que el ser hace tiene consecuencias, ya sea en el ámbito iluminado o en el oscuro, ya que se realiza, al menos, con conciencia básica. Esas consecuencias se hacen evidentes tras su tiempo de maduración correspondiente.
La parte oscura de la conciencia básica, con sus tres venenos, maneja así la economía de la temporalidad: todo el tiempo está buscando el alivio inmediato a costa de males futuros. Se endeuda, a corto, mediano y largo plazo. Los intereses la agobian y cada vez sufre más.
La parte luminosa sabe cómo dejar de sufrir, y pone ese conocimiento en práctica en algunos casos. En otros casos, todavía no ha aprendido, o no recuerda. La conciencia luminosa es Dios. Es luz, amor, sabiduría, aceptación. Pero ha experimentado una caída de la que, lentamente se va levantando.    
En ocasiones, cuando todo sale bien, la conciencia luminosa se expande mucho, y llega a vastas zonas “abandonadas de Dios”. En esos lugares no se conoce otra conducta que la de generar negatividades. Se desconoce la luz. La conciencia luminosa desciende a esas profundidades como un avatar, como un salvador. Baja a enseñar el camino. Es Budha, Cristo, Krishna. Deja plantadas las semillas de la verdad y luego se retira, porque permanecer le cuesta. Esos lugares la envenenan. Todavía están muy impuros. Se ha esforzado por llegar allí y ahora algo ha dejado. La próxima vez que regrese, quizás pueda permanecer más tiempo, porque algo de lo que sembró habrá crecido, algunas pequeñas lámparas seguirán encendidas.  
Los territorios oscuros también sufren esas visitas. La luz no los transforma instantáneamente. Tiene que ir de a poco, porque, si no, se queman. Cuando Júpiter, penosamente obligado por su promesa a Selene, la visita amorosamente en persona, aun atenuando su fuego lo más posible, ésta muere abrasada.  Cuando Krishna, a pedido de Arjuna, le muestra su forma divina, con un resplandor mayor que mil soles, éste, tras unos instantes le pide: “¡Por favor, reasume tu forma inicial, no puedo soportar ver esta forma tuya!” Krishna le dice: “Esta visión de mi verdadera forma no se puede alcanzar fácilmente, sólo se puede obtener por amor y devoción incesante hacia mí”. El proceso lleva su tiempo y supone una paulatina transformación. 
Todo esto apunta a que el alivio no se siente inmediatamente. Claro que hay algunos elementos directamente aliviadores en estos procesos. Pero la mayor parte del alivio sólo se experimentará y reconocerá más tarde.  La mayor parte de los procesos sanadores implica un sufrimiento primero, para un alivio posterior.
En un retiro de meditación vipassana sentí profundamente lo que en esos cursos siempre aconsejan: Lo importante que era no perder el tiempo, especialmente durante los últimos días. La conciencia corporal está muy expandida, al punto de percibir infinitas vibraciones en todas partes, al punto de ver el propio cuerpo iluminado, sin necesidad de abrir los ojos. El “avatar de la conciencia luminosa” está visitando muchos territorios olvidados. Tiene que aprovechar al máximo para dejar plantadas las semillas de la atención y la ecuanimidad. De la aceptación. Debe enseñar a no juzgar, rechazar, anhelar, ni desatender. Luego esos mismos territorios se irán convirtiendo en aliados, reforzarán su luz.
Lo esencial del mensaje de Budha es observar sin reaccionar, y su mayor hincapié podría caracterizarse, si se me permite una enorme simplificación, como ATENCIÓN, el de Cristo, misma salvedad, como ACEPTACIÓN y el mensaje de Krishna, ECUANIMIDAD, pero los tres enseñan todo eso. Son la conciencia luminosa enseñándonos a nosotros, así como nuestra conciencia iluminada enseña a la conciencia profunda. Cada uno de nosotros somos los avatares y tenemos la misión de descender a nuestras profundidades a iluminarnos. Luego la luz sabrá encontrar su destino.



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