Sexto Vipassana

Sexto curso de 10 días vipassana, 20141022
Presento aquí el relato de mi experiencia en el curso de meditación Vipassana realizado en el Centro Dhamma Sukhada. Se trata de mi vida interior durante esos días muchos más que de una sistematización de la enseñanza. Tómese como literatura y ojalá guste.
Al llegar al centro, todavía no sabía si me tocaría servir o podría hacer el curso “sentado”. Dado que lo primero no resultó necesario, pude abocarme a la práctica, con todas las comodidades que generosamente allí brindan. Austeras, pero más que suficientes. En enero había hecho un curso de tres días, disponible sólo para los estudiantes “antiguos”. Era este mi sexto curso de diez días, uno de ellos sirviendo. Me ofrecí a tocar el gong todos los días a las 4:00 am y a las 4:20 am.  De esa forma me obligaba a no remolonear, sino, en cambio, despertarme sin titubeos. Me dieron un reloj dudoso, así que, temeroso de fallar, estuve semi-despierto toda la noche, iluminándolo con una linternita, ante cualquier sospecha de que fueran ya las 4.00 am. El resultado de esa práctica fue la aparición de un sueño lúcido, en el cual una persona se despedía de mí  y se iba. A continuación, ocurría exactamente lo mismo.
Ante ese “dejá vu”, tal como si estuviera en la película Matrix, me sentí en peligro. Tuve la idea de estar bajo el acecho de alguna entidad engañosa, y justo ahí me percaté de que estaba soñando. Entonces tomé nota del lugar. Era un departamento, parecido a la casa de mi madre. En ese momento desperté. Otra consecuencia fue que durante todo el día me sobrevinieran etapas de sueño REM. Ese PRIMER DÍA me costó bastante sobrellevar el sueño. Como practicaba anapana, que es una técnica de samadhi (concentración) consistente en atender a la respiración, estaba muy vigilante y observaba esas imágenes sin distraerme casi. Recuerdo especialmente una mujer que se acercaba a mirarme. Esa visión  duró un rato y no descarté que se tratara de un espíritu que se dejaba percibir. Saludé con la mente, pero sólo continué observando. La experiencia que aquí relato, como se puede ver, es totalmente subjetiva. También lo son los distintos estadios de comprensión del dhamma (término pali usado aquí en el sentido de la enseñanza de Buddha)  que voy recorriendo. Para conocer el dhamma puro con toda seguridad es mejor ir a otras fuentes. A la tarde se me aparecieron láminas coloridas de un material muy suave y de gran fineza, lo que me pareció de buen augurio. Luego se presentó un pájaro volando hacia mí a toda velocidad portando algo en su pico, que no pude distinguir. 
Hubo además una marcada incidencia de lamentaciones ante situaciones perdidas, por el paso del tiempo o por mis propias decisiones, así como de preocupaciones varias. Las emociones eran fuertes y difíciles, y los pensamientos distractores muy frecuentes.  Me refugié en la práctica y en la confianza que tenía en sus beneficios. En cierto momento, avanzada la tarde, mientras observaba el paso del aire por la zona del bigote, captaba también sensaciones desagradables, en el interior de mi cuerpo cerca de la espalda, que parecían estar relacionadas con la angustia y la ansiedad. Como la práctica dictaba seguir atendiendo exclusivamente a la respiración, continué de ese modo, en silencio interior, un buen rato. Y de pronto capté que había atravesado algo. Esas sensaciones/emociones aflojaban, en lugar de haber aflojado yo la ecuanimidad (claro, no era una ecuanimidad pura, era el intento que en ese momento podía hacer, ya que si la ecuanimidad fuese pura, no habría ningún). El alivio era marcado.
A continuación, los mismos temas en torno a los cuales sólo había niebla, reaparecieron en forma de proyectos viables y de entusiasmo por realizarlos. Un cambio de actitud que me llenó de optimismo, el cual también dimanaba de notar que había aprendido algo valioso. El “ajuste creativo” se había dado naturalmente, sin técnica psicológica moderna de por medio esta vez, sino sencillamente sosteniendo la observación ecuánime de las sensaciones durante un tiempo significativo. La conciencia había hecho el trabajo, al dejar yo de provocar su ofuscación mediante el rechazo de las sensaciones. Eso lo relacioné inmediatamente con los resultados que había obtenido tantas veces en ceremonias de Ayahuasca: que se aparecieran en primer plano situaciones conflictivas, inciertas, inacabadas, para resolverse en decisiones, cambios de perspectiva, percataciones, etc. y pasar a estar más armoniosas y pacificadas. 
Una interesante forma de presentación de ese mecanismo me había sobrevenido en la ceremonia número nueve, en la que había participado el 8 de mayo de 2009, en relación a la figura de Manco Cápac como el gobernador que atendía los asuntos que su pueblo le sometía a consideración. Se me presentaba la expresión “Tema resuelto” al término de cada asunto. Hasta hubo una cuestión que debió diferirse a la espera de información adicional, acompañada de la expresión: “tema pospuesto”. Me había resultado una estupenda enseñanza sobre cómo ocuparme de las cosas sin que éstas estuvieran dando vueltas en mi cabeza más tiempo que el que les correspondía en la “sala de audiencia”.
A partir de ese momento se atenuaron las lamentaciones y las preocupaciones. El SEGUNDO DÍA se caracterizó más por la emergencia de la bronca. Como en retiros anteriores, pero sin tanta intensidad, aparecieron los viejos temas que me costaba aceptar, sobre situaciones y actitudes que me fastidiaban. Claro, durante mi niñez y adolescencia había acumulado mucho rencor que, si bien había venido disminuyendo con el trabajo psicológico y espiritual, tenía todavía una cuantía robusta. Por suerte, la experiencia me aconsejaba aprovechar ese surgimiento para observarlo y permitir que la ola pasara, para liberarme así siempre un poquito más. También noté que tenía mucha ansiedad por los horarios, esperando que sonara el gong para desayunar, almorzar, dormitar, etc.
Me resulta fascinante que aparezcan tan marcadamente características que sin duda están siempre, pero permanecen bastante ocultas hasta que se accede a un ámbito suficientemente amplio en perspectiva, como éste. Recuerdo lo que decía Chogyam Trungpa en su excelente libro “El mito de la libertad”, acerca de las turbulencias que aparecen en las primeras meditaciones: Es como soltar una vaca hambrienta en un campo muy grande. Primero se desplaza agitadamente comiendo todo el pasto que puede, pero luego, al comprender que hay de sobra, se va aquietando. Algo así pasa con la mente durante los dos primeros días del curso. Para la noche, después del discurso grabado de ese día, en la última meditación, experimenté la primera sensación no habitual en la zona que estaba observando: una doble hélice moviéndose allí.
El TERCER DÍA no me regala muchos recuerdos. Se atenuó la intensidad emocional y aumentó la concentración en la técnica específica. La necesidad de recostarme en cada descanso disminuyó, así que realicé mis primeros paseos. Era una continuación de la meditación pero caminando, aprovechando la pureza del aire y la belleza de la vegetación. Utilizaba una técnica que me había surgido en el primer retiro, consistente en chequear la persistencia del silencio interior, volviendo a éste cada dos pasos, en la exhalación. A la hora del discurso experimenté lo que me parecía como un chorro de puntos intermitentes saliendo de mi cuerpo a la altura del cuello, cabeza y hombro izquierdos. Era similar a una sensación que había tenido, tanto en ayahuasca (en la selva), como en un sueño lúcido (o proyección consciente), donde creía que estaba perdiendo energía, lo cual me había asustado la primera vez. Ahora me di cuenta de que se trataba de un fenómeno natural, de la energía que circulaba en mí, que así como entraba también salía, aunque en ese momento sólo estuviera captando ese flujo parcial saliente.
4 El CUARTO DÍA comenzamos a practicar la vipassana propiamente dicha. Ya con la concentración (samadhi) mejor desarrollada, pasamos a aplicar esa mente afilada como un cuchillo a la operación de una parte de nuestra mente con otra, tal como explica Goenka. Al salir del desayuno me topé con una culebra, y eso me gustó, porque me hizo acordar a la selva. Además las víboras aparecen con frecuencia en mis experiencias de conciencia acrecentada. En este caso sin ninguna sustancia de por medio, sino simplemente por practicar las técnicas que nos van liberando de los factores que la ofuscan. En realidad no se trata de “conciencia acrecentada”, sino más bien de conciencia menos ofuscada, ya que la conciencia es infinita, y parte de la Gran Conciencia. Comenzaron las horas de adhitanna, consistentes en no cambiar la postura inicial. En esas tres horas del día, todos debemos estar reunidos en la sala. Son las más potentes. Entre otras cosas, se empieza a trabajar más seriamente con el dolor. Por supuesto, nadie está controlando que no cambies la posición, lo que yo no dudaba en hacer cuando sospechaba riesgo en el tendón de mi pierna derecha, que había quedado afectado en mi anterior retiro, por no haber yo calculado bien ese factor. En la “hora cumbre” sentí ya esos puntos o diminutas vibraciones que habían aparecido el día anterior, fluyendo por casi todo el cuerpo.
5. Del QUINTO DÍA  sólo recuerdo que en la hora máxima sobrevino el primer momento de éxtasis. Ya las vibraciones se extendían por todo el cuerpo y eso iba produciendo un nivel de detalle y diversidad perceptivos suficiente para que apareciera la visión. Al pasar la conciencia por todo el cuerpo veía en él texturas en movimiento, aunque no del todo definidas. Al mismo tiempo, aparecieron percepciones visuales más allá de mi cuerpo. Dado que no se trataba de algo ocular, pues mis ojos estaban cerrados, la visión daba cierta sensación de vértigo, al ir en todas direcciones. No obstante, no era tanto el vértigo, ya que las visiones eran parciales o esporádicas. Me sentía muy bien, como en estado de gracia. Eso se acrecentó cuando debajo veía pasar una caravana de elefantes por una zona elevada. Luego veía un combate de romanos contra algún otro pueblo, un combate en una colina, con espadas, muy cruento y trabajoso. Lo veía desde adentro, porque yo era uno de esos romanos peleando. Era tan real que me pareció, como muchas otras veces en sueños o en ayahuascas, que podría tratarse de un recuerdo de otras vidas. Digo “otras”, porque mis recuerdos “romanos” han sido siempre muy variados y ricos.
Goenka dice que los días más difíciles para los estudiantes son el segundo y el sexto. Efectivamente, como resultado de los ya casi dos días de práctica de vipassana, el SEXTO DÍA retornó la dificultad emocional. En realidad, dicho de otra manera, surgieron de lo profundo de mi mente (o de mi alma) cantidades importantes de sankharas (formaciones mentales volitivas, condicionantes mentales, etc.) acumulados. Esas cuantías emocionales salían porque se había abierto más la compuerta, gracias a la concentración y limpidez de las aguas de la conciencia. Me llamaba la atención la persistencia de la dificultad para aceptar algunas cosas. Por momentos las observaba y por momentos me dejaba llevar, un poco a título experimental, asumiendo un “riesgo controlado” para poder observar mejor el fenómeno. Recuerdo que hacía esto caminando, en uno de los intervalos, pues al meditar lo mejor es ocuparse directamente de la práctica. En esos momentos en que estaba dentro de la corriente de la emoción, exclamaba para mí, en el “auditorio” de mi mente: “Siempre será así, esto nunca cambiará”, con rabia. Y con una rabia adicional por el hecho de que la misma rabia no encontrara  su “solución”. 
Como en el segundo día, se trataba de temas de mi infancia y también actuales, si bien era muy consciente que esas situaciones no eran el fondo del problema, sino cauces apropiados para que fluyeran mis volúmenes de rechazo existencial. Observaba mientras tanto mis sensaciones, extrañándome de no sentir ninguna tan fuerte e insoportable como las emociones que imperaban. Esa falta de concurrencia, de concomitancia, que ya había notado muchas veces antes, incrementaba mi duda sobre la enseñanza.  Me propuse formular, al día siguiente, esa pregunta al profesor. Por un rato me parecía que el problema era irresoluble, lo que me provocó un gran desánimo. Pero al rato, meditando de nuevo, habiendo “pasado la ola”, otra vez sentía gran confianza en el camino. Eso también me asombró: que tan rápidamente fluctuara mi ánimo, lo cual ocurrió varias veces en el retiro. Por un lado eso me agradó, pues así ocurre con los niños, y me parecía un signo de levedad, de flexibilidad. Además ello reforzaba mi conciencia del carácter transitorio de todo. Sólo tenía que esperar y observar, confiar y continuar, para aprender y liberarme.
Al principio de ese rato de meditación, sentí dolores muy intensos en las piernas (eso es muy frecuente, piernas o espalda, dada la postura) que sí me parecía que tenían el mismo nivel de intensidad y molestia que la bronca de hacía un rato. ¿Sería posible que esa fuera la correspondencia que buscaba, sólo que se daba sin plena coincidencia temporal? Ello también formaría parte de mis preguntas. En el discurso de la noche escuché, no por primera vez, su alusión a que los estudiantes le decían a veces que sus cursos eran maravillosos, pero que, por favor, sacara la hora de adithanna. Que entendían eso de que todo era transitorio, pero no así su dolor. “Mi dolor no es impermanente. Mi dolor es bien permanente”. Y por primera vez presté atención a la frase que decía Goenka a continuación: “¡Cuánta aversión!”. 
Inmediatamente asocié esa aversión con el hecho de que el dolor no desapareciera. Recién ahora, habiendo aflojado un poco la duda, hubo espacio en mi entendimiento para poder ver eso. Experimenté el entusiasmo propio de esa percatación, y se renovó mi deseo de meditar con más seriedad y dedicación los pocos días que quedaban, ahora con las miras más precisas, con el rumbo ajustado.  Todos estos diferentes estadios de comprensión son muy personales y me sirven fundamentalmente a mí. Los transmito porque podrían brindar inspiración y quizás propiciar diálogos que me retroalimenten positivamente.  En general se transmite la versión estructurada de una enseñanza, pero las personas tienen miles de dudas y cuestionamientos sobre ella. El camino para llegar desde el nivel actual de comprensión y conocimiento de una persona particular hasta el nivel requerido para poder sacar mucho provecho de la práctica y para abordarla con convencimiento es siempre único, pero contiene a la vez muchos pasajes comunes, tramos en los que nos encontramos solos y perdidos y a veces una pequeña marca o mensaje de aliento dejado por alguien que pasó por allí es lo que necesitamos para seguir. En conclusión, a partir de esa frase, me di cuenta de pronto de un montón de cosas: que la aversión del momento se sumaba a los sankharas antiguos que emergían, para configurar una gran intensidad de dolor. Hasta entonces creía que la intensidad del dolor era inevitable por más que la afrontara con ecuanimidad. Que la sensación dolorosa sobrevenía como resultado del mis reacciones pasadas y que ahora, observándola con ecuanimidad permitiría que esa mochila se fuera “descargando” y así me iría liberando del sufrimiento, “pagando mis deudas”.
Todo eso era así, pero hasta el momento me había faltado algo. Si fuese tan así, entonces sólo me quedaba seguir sufriendo hasta que se descargara suficientemente el depósito de sankharas, que era ingente. Recordé también cuando, en una proyección consciente, había emitido energía amorosa para echar a unas entidades negativas. Luego me había dado cuenta de que había una gran contradicción ahí. ¡Una energía amorosa emitida con una finalidad de expulsión! En todo caso, si ese alguien estuviera tan cargado de negatividad que no la soportara, se iría, pero quizás esa luz le sirviera. Y entonces había pasado a emitir energía amorosa sin más, esperando que ayudase a las entidades que estuvieran cerca, tanto malas como buenas. Ahora pasaba algo parecido con la ecuanimidad: en retiros anteriores estaba contento el logro de poder observar un dolor intensísimo que parecía destinado irremediablemente a permanecer y aumentar, con total concentración y ecuanimidad, hasta el punto de obtener, en cambio, su disolución. A veces había ganado esos “duelos”, en los que el que “desviaba la mirada” perdía. Es decir, o el dolor finalmente desaparecía o yo ya no aguantaba más y me “retiraba” derrotado: cambiaba la postura.  Había experimentado momentos en los que, de puro persistente, había vencido. Y entonces mi conciencia era como una goma poderosa que borraba el dolor donde quiera que se encontrara.
Pero rápidamente aparecían nuevos dolores en otras partes y la pluma tenía que trabajar cada vez más rápido, siendo reclamada aquí y allá. Recién ahora me daba cuenta de que observar un dolor con ecuanimidad para que así se fuera constituía un acto similar a emitir energía amorosa para echar a alguien. La ecuanimidad no podía tener la intención de hacer desaparecer algo. No era tan ecuánime eso. Comenzaría entonces a “emitir ecuanimidad” simplemente. Sin ninguna intención de que el dolor se fuera. Pero además, con la conciencia de que ese dolor era fundamentalmente mi propia falta de ecuanimidad actual. La falta de ecuanimidad era lo que venía del depósito de sankharas. No el dolor. El dolor era el resultado de dicha falta. Si la ecuanimidad fuera purísima, ¿cómo podría experimentar dolor? Es contradictorio con la palabra misma. Experimentar algo como dolor o placer ya es en sí una falla de la ecuanimidad. ¡Qué ganas de seguir meditando! Quería poner en práctica todo eso. Y más aún las cosas que recién había descubierto en mi retiro anterior, de tres días. Eso de que no sólo estamos reentrenando sankhara (la parte que reacciona), sino también sanna, la parte de la mente que percibe y que dice si algo es bueno o malo.
Esa parte se basa, no en la lógica, no en el conocimiento, sino tan sólo en las reacciones del pasado. Si hemos reaccionado negativamente a algo en el pasado, ahora sanna nos dirá: “eso es muy malo” cada vez que perciba algo parecido. Ahora también reentrenaría sanna. Al ir reaccionando diferente, sanna va siendo modificada. También, en correspondencia con el segundo día, fui muy consciente de las ansiedades por los horarios y tomé esta vez la decisión de cortar todas esas expectativas y ya no permitirme pensar cuánto faltaba ni fantasear con el rico almuerzo o el cómodo descanso. El resto de retiro sería más profundo. Tenía mucha conciencia del valor de los últimos días, pues se trabajaría con un estado de conciencia corporal raramente alcanzable, ocasión propicia para llegar a realizar algunas verdades. A última hora de la noche, otra vez la percepción estaba alta, como el día quinto. Esta vez veía una procesión de mujeres que pasaban y me miraban. Eran muchas y me parecía que me concernían. Que, en algún momento de la larga existencia quizás las había conocido. Por allí entre varias ellas se iba acercando tímidamente una que tenía un rosto que era bastante terrorífico. Me limité a observar, impactado por lo nítido de la visión. Cundo me acosté, las altas vibraciones y visiones me acompañaban como si mi cuerpo y mi mente estuvieran encendidos. Tenía la sensación de que toda la magia y lo infinito estaban mucho más cerca que de ordinario. Si viviera en ese estado de conciencia, si lo pudiera sostener, ¡cuánto más rica sería mi existencia! 
SÉPTIMO DÍA: Hasta el almuerzo, casi la mitad del día, trabajé en forma intensísima, sin consentirme ninguna ansiedad. No era que las reprimiera, sino que no me subía a sus olas, no me identificaba con ellas. Como resultado todo me fue más fácil. ¡Cuánto camino me parecía haber recorrido, y cuánto seguramente debería recorrer aún para realizar en mí la verdadera conciencia de que, aquello que me beneficiaba, realmente me beneficiaba! La conciencia de que hacer las cosas bien no significaba más esfuerzo, sino menos. De que lo perjudicial realmente es perjudicial, que no se trata de permitirme pequeños “alivios” para que no me sea tan duro, sino de reconocer que esos pequeños “alivios” en realidad sólo aumentaban la carga. Era una permanente oscilación entre estados de conciencia, según los cuales, bien elegía el camino ilusorio y condicionante, bien el lúcido y liberador. Al mediodía tuve mi primera entrevista con el profesor, que era justamente el primero que me había tocado allá por el 2008, cuando había hecho mi primer retiro vipassana. Es norteamericano y se llama Parker Muller. Esta vez había venido con su esposa y juntos daban los cursos.
Primero le pregunté algunas cosas sobre mi problema con el tendón, y sobre el neuroma que me habían diagnosticado al respecto en el pie derecho. Me dio información valiosa. También le pregunté sobre la posible relación entre las sensaciones intensas del día anterior y la intensidad de las emociones que había tenido un rato antes el mismo día. Me dijo que esas asociaciones sólo llegaban como certeza de cada uno, es decir, como una percepción, y no como un producto del intelecto. Luego le pregunté sobre dónde se encontraba el “depósito de sankharas”, ya que el cuerpo se renueva trillones de veces por segundo, según Buddha. Me dijo que en el cuerpo, y no terminé de comprender, pero ya estaba sonando la campana que me avisaba del agotamiento del tiempo. La tarde tuvo un carácter más místico:
Ya en otras vísperas de retiros había anticipado que podría tener un retiro no tan “de trabajo liso y llano”, sino también de experiencias místicas reconfortantes, pero recién esta vez esa previsión se estaba cumpliendo, justo cuando ya no tenía tanta expectativa al respecto, quizás precisamente por eso.  En realidad todos los días había pedido ayuda, guía, en este retiro, con mucho fervor, pues ahora eso era lo que me salía naturalmente. Creía y me constaba que había ayuda espiritual para quien la pidiera así como creo que Dios se encuentra en cada partícula del universo. De allí, de la conexión con el Amor Universal, me venía mucha fuerza y optimismo. Ese lapso estuvo muy caracterizado por eso: agradecimientos, expresión de entrega y fe, amor, pedidos, enviar energía de sanación y muchas cosas más que, reconocía, las experiencias con la Ayahuasca habían contribuido a enseñarme. Se me aparecieron muchos pensamientos de relación, de comparación, entre mis experiencias con Ayahuasca y mis experiencias con la meditación vipassana. Este día experimenté, nuevamente, después de tanto tiempo, la “goma mágica”. Es decir, cómo la conciencia “borraba” los dolores. Eso era algo que hasta que no lo “veía” no lo creía y que hasta que no volvía a verlo no lo daba por cierto. Por eso era tan importante experimentarlo ahora muchas veces, durante la mayor cantidad de tiempo posible, para erradicar las concepciones erróneas mediante bhavana-maya-panna (sabiduría experimentada).  Estaba practicando ahora con la comprensión que había sobrevenido el día anterior.
8. El OCTAVO DÍA fue importantísimo por la enorme cantidad de dolores que se veían transformados en otra cosa, que iban desapareciendo, que mostraban su reverso. Un día invaluable. Explicaré en detalle los mecanismos que se ponían en juego y los diversos grados de comprensión por los que pasaba, así como sus resultados en materia de cambios de actitud y los efectos de dichos cambios. Observaba el dolor sabiendo que a la vez observaba mis hábitos de aversión al mismo, pero también de aversión a la sensación particular subyacente. Era todo un edificio montado, una gran configuración que yo mismo había armado y permanentemente sostenía. También observaba mi propio juicio que consideraba negativa dicha sensación. Ahora todo ello, que estaba mostrando su hilacha, sus defectos de fábrica, su carácter ilusorio, estaba comenzando a dejar de representar su función. Ya no me creía esa ficción.
Resonó en mí esos días otra frase de Goenka sobre la “naturaleza ilusoria del sufrimiento”. ¿Sería posible eso?  ¿Qué el mismísimo sufrimiento no fuera más que una ilusión? Importante tarea la acometida por Buddha, nada más ni nada menos que ocuparse en serio del sufrimiento y nada menor su desafío: terminar con él, erradicarlo. Al observar un dolor, entonces, tenía mucho que hacer. En términos simples: observar con atención y ecuanimidad. Pero ahora eso se desglosaba en varias actitudes que se ponían en marcha: observar el dolor sabiendo que así observaba mi rechazo y entonces tener más conciencia de que se trataba de la mente observando la mente. Y entonces, desactivar el rechazo con convicción. Saber que, al sentir dolor, en realidad hay otra sensación, más específica, detrás. Y buscarla. ¿Cómo? Simplemente abriendo la conciencia más y más a la captación de esa zona, ya sin miedo al dolor que allí había.
Esa apertura de conciencia no trajo más dolor, sino la sensación concreta, que no era “sufriente” de por sí. Ejemplo: la venita comprimida, que pulsaba cada tanto, la fibra del músculo que se tensaba contra un pliegue del almohadón, etc. Y, al captar esas sensaciones, me decía (le decía al sanna) que no era perjudicial, que ya otras veces había sentido esas mismas sensaciones y luego al levantarme no había sido para tanto. Y cuando era el tendón estirado, ahí sí cambiaba la postura. Lo importante era saber lo que hacía y poder decidir. Y la apertura al sentir es lo más propicio para ello, para tomar decisiones informadas, no por una sensación negativa, burda, sino por sensaciones precisas que me decían mucho mejor lo que estaba pasando. Experimentar los resultados de estas nuevas actitudes me transmitía muchísimo entusiasmo y optimismo para continuar, con suma concentración. Una característica fundamental de ese día, también, fue que compuse un soneto. En los momentos de descanso (y a veces durante la sentada, en carácter de “distracción”) trabajaba en él. Además, pedía inspiración. Cuando llegaba a versos que me gustaban, los recitaba varias veces, lo cual disfrutaba mucho. El poema se denomina “Planeta vagabundo”. Me parecía que me encontraba en condiciones ideales para crear, dada la amplitud de conciencia. En la hora máxima de la noche, bajando en forma paralela la conciencia por el cuerpo, desde la cabeza, experimenté por primera vez en ese retiro la sensación líquida. Agua suavecita, líquido total. Era tan sólo en la parte de la cabeza, pero era tan asombroso! ¿Qué pasaría mañana? 
9. Dentro de la soledad de mi mente, al no hablar con nadie, me armaba algunas historias, se me configuraba un relato particular de las cosas. A este NOVENO DÍA lo llamé “de la calma inca”. Mi cuerpo era el campo de batalla, el Kurukshetra del reino de Hastinapura. Especialmente las piernas. Mucho se jugaba en esa zona. Estaban allí los dolores fuertes como fuegos y todo se encontraba iluminado. Mis piernas estaban encendidas. Recordé la idea gnóstica de conversión del cuerpo lunar en cuerpo solar. Si los sankharas eran oscuridad, opacamiento de la conciencia, y se encontraban en el cuerpo, entonces al irse éstos disolviendo, el cuerpo se iluminaba y se convertía en “solar”. La ecuanimidad funcionaba muy bien, y eso era lo más importante.
Como citaba William Hart en “La Vipassana, el arte de la meditación”, “el meditador comprende  ̍ha surgido en mí esta experiencia, agradable, desagradable o neutra. Está compuesta, es de naturaleza burda, de origen condicional. Pero lo que realmente existe, lo que es de mayor excelencia, es la ecuanimidad ̍”(Dighanaka Sutta). Me gustaba la idea de que todo fuera cambiando despacito. “La rueda empieza a girar en la otra dirección. Es natural que arranque lento”, me decía. En alguna hora de la tarde experimenté el “Bangha ñaña”, la disolución total. Todo bien líquido. Quizás hay varios tipos de Bangha ñaña, algunos más líquidos, otros más gaseosos, no lo sé, pero éste, el líquido, me parece el más potente e impresionante que he experimentado yo. Fue un momento y luego sobrevinieron sensaciones burdas aquí y allá. Me daba mucho optimismo, porque tenía presente la aseveración de Goenka de que, tras experimentar el Bangha ñana, sale a la superficie un sankhara muy profundo que de otro modo no hubiera emergido nunca, y se produce su disolución, en caso de no reaccionar.
Volviendo al “Día del Inca”, ¿de qué se trataba? De que, recordando una visión que había tenido en una de mis primeras ceremonias de Ayahuasca, en la que había visto, en la montaña de Ollantay Tambo, a Manco Capac, brillando, tan lleno de luz que iluminaba toda la región. Todas estas visiones mencionadas se fueron asociando en mí y, entonces, especialmente con respecto a las piernas, las consideraba como “el territorio bajo mi gobierno”. Si había algún problema en “mi reino”, la conciencia del “inca” lo sabía. El inca sabía todo. Me lo imaginé sentado, omnisciente respecto de su territorio. Si sentía algún dolor en alguna parte de sus piernas (o si había algún conflicto en alguna parte de su reino), era responsabilidad suya. Pero no le dolía ninguna parte de sus piernas, porque estaban iluminadas. Eran un cuerpo solar. Captaba cada átomo de su cuerpo y entonces no hacía falta el aviso del dolor, no había rechazo, sólo estaban las presiones y tensiones naturales de la postura y de los apoyos, que eran, por otra parte, las mejores que se podían escoger. No hacía falta ninguna “alarma” de la “fábrica” del cuerpo. Y, con respecto a su reino, sólo se generaban algunas fricciones y tensiones, pero no había “dolor”. Si aparecía alguno, por dificultades de conciencia de sus súbditos, éste era dirimido y solucionado cuando se le presentaba a él, quedaba “sanado” bajo su luz. Gran Gobernante. Esto me remite a la llamativa frase contenida en “El secreto de la flor de oro”: “Cuando asume el verdadero gobernante, ya no hay conflicto: todos los guerreros le presentan, sumisos, sus armas invertidas”.
Al mediodía me entrevisté por segunda vez con el profesor. Le repregunté sobre el depósito de sankharas, pero esta vez en inglés, buscando mayor comprensión. Me dijo que eso no lo sabía. Le pregunté si “quizás en los cuerpos sutiles”. Me dijo que esas cuestiones filosóficas no eran las más apropiadas para tratar en ese momento. Le pregunté sobre los diferentes lapsos de tiempo que me podía tomar para observar partes del cuerpo o sensaciones y me dijo que fuera probando, experimentando. Luego le pregunté algunas cuestiones técnicas relativas a distinguir los diferentes tipos de kalapas (unidad mínima indivisible de la materia), según lo que yo venía pensando y experimentando. Relacionaba los kalapas de aire con la angustia y el miedo, los de fuego con la ira y los de tierra con los dolores por posición, y que no tenía muy claro cuándo sentía los kalapas de agua. Todas estas eran hipótesis mías y no eran parte de la enseñanza que había recibido. Creo que me respondió afirmativamente en alguno de estos casos, pero no estoy seguro. Me despidió con la frase: “Good questions”.
10. En el momento preciso, llegó el DÉCIMO DÍA. Antes de la finalización del Noble Silencio, nos presentaron la meditación llamada Metta Babhana, consistente en irradiar vibraciones de amor y compartir nuestro mérito con todos los seres sintientes del mundo, para que alcancen la armonía y la liberación del sufrimiento. Haríamos eso al término de cada hora de práctica de vipassana de aquí en más (esto era una novedad solamente para quienes hacían el primer retiro, por supuesto). Al salir, ya se podía conversar: ¡Qué diferente actitud de todos en comparación con el día cero, en el que todos me habían parecido particularmente taciturnos! ¡Cuánta apertura, risas, disposición a compartir las experiencias! Hubo muchos intercambios de direcciones y de historias sobre el retiro y sobre la vida. Nos sacamos una foto general, al lado del Gong más grande, que muestra rostros despejados y felices. ¡Agradezco infinitamente a quienes me brindaron esta invaluable oportunidad de aprender el Dhamma!
Martín Garrofe


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