Efugio
Agua para mi otro cuerpo (cuando no hay refugio, hay efugio)
4 de febrero de 2008
Varios trabajadores quedamos encerrados en una gran mezcladora de cemento que gira. Estoy a punto de entrar en pánico pero súbitamente cambio a un estado calmo y pienso: “Siempre hay solución… parece imposible en este caso… pero… ya sé: entrar en Sueño Lucido”.
Activador: Búsqueda de solución tras súbito cambio de miedo en calma
Momento que me deja enseñanzas. Un salto de conciencia, una metanoia, fue la salvación inesperada. Cuando ya no hay refugio, hay efugio (salida). O dicho de un modo más preciso, cuando ya no hay salida hacia afuera, hay salida hacia adentro. Y es la misma que puede servirnos a la hora de la muerte. Dice Robert Thurman en sus comentarios al Libro Tibetano de los Muertos, que “lograr soñar lúcidamente (…) es una muy importante preparación para intentar estar lúcido en el estado intermedio.”. En una experiencia que más delante tendría yo con la medicina del sapito de Sonora (Bufo Alvarius), se reforzaría este insight: Son dos dosis dentro de un temascal. La primera dosis, por su potencia y velocidad de acción, me da miedo. La segunda será más fuerte, me avisan. No tendré control alguno y si cedo al miedo, la pasaré muy mal. Cambio entonces de actitud, y decido a “solamente observar”, cuidando controlar tan sólo mi ecuanimidad. “Si muero, muero, pero igual seguiré observando mis sensaciones sin reaccionar, pase lo que pase”. Y no hay entonces ningún tipo de problema. Entro a la nada, y allí me quedo, con una calma absoluta, que arrastra sus efectos hasta hoy. Es un importante asidero que me queda para ferrarme en casos de peligro y miedo. Si me preguntan qué hacer ante una situación desesperada, respondo que siempre hay una salida, especialmente del estado de consciencia opresor. Hay otro tipo de sentido simbólico de la palabra solución. Reconocerse en cuerpo astral, es, de alguna manera, disolverse. Ese cuerpo se puede fundir con una pared (como con la mezcladora) sin sufrir consecuencias. Varias veces lo he experimentado estando lúcido. El contenido mismo del sueño, por lo visto, estaba impregnado de lucidez.
En lo primero en que pienso, ya Percatado, es en atender a mis últimas ideas sobre una continuación más comprometida con el estado previo. Pero el sitio ha cambiado. Para orientarme, me observo las manos. Luego intento mantener el ámbito. Veo ante mí un piso verde claro. Alterno la mirada entre mis manos, el piso y la puerta. Me falta un objeto para reunir cuatro. Dado que no lo hay, invoco mentalmente la aparición de un vaso, que resulta ser un Durax.
Atento a percibir, y cultivar la calma, consigo detener el entorno durante un tiempo. Todos los objetos se encuentran a la vista, sin tener que girar mucho la cabeza como en otras fallidas ocasiones. Me concentro en el vaso, que está sobre una ménsula que sale de la pared. Es perfecto. “Pensar que este vaso lo creé yo”, me digo, mientras lo contemplo tratando de asumir este hecho en toda su dimensión. No se trata de un pensamiento vanidoso, sino de un reconocimiento.
Esta experiencia onírica parece sugerir que un objeto creado deliberadamente tiene otra calidad que el resto de los que aparecen en el sueño, que pueden, a su vez, tener distinta naturaleza entre sí. Por ejemplo, pude haber además, en el ámbito del sueño: objetos creados deliberadamente por terceros; objetos creados inadvertidamente por el soñante; objetos físicos; objetos extrafísicos con un grado de estabilidad que va más allá de estar sostenidos o de haber sido creados por una sola conciencia; “exploradores” (concepto que, pudiendo superponerse con las categorías mencionadas antes, y procedente de las enseñanzas de Castaneda, denota un objeto con la capacidad de guiarnos a dimensiones lejanas), etc.
Recuerdo otra consigna: cerrar los ojos y sin embargo no perder la visión. Lo intento, pero la pierdo y los abro.
Más adelante, en otro sueño, intentaría una pequeña variación de este ejercicio: cerrar los ojos y, a pesar de perder la visión, intentar recuperarla sin abrirlos. Eso sí funcionaría.
Recuerdo la consigna de hablar y verificar luego si me entendieron. Hay personas escuchándome, que no están soñando (según creo en ese momento). Articulo muy marcadamente las palabras y digo, pausada y sonoramente: “¿Me entienden lo que estoy diciendo ahora? A continuación, observo sus reacciones: Se preguntan qué dije. No han entendido una sola palabra.
Surge otra idea, que no había pensado antes: Me sirvo agua en el vaso, de una canilla que está contra la pared. Lo llevo a mi boca y lo bebo, con movimientos muy calmos y precisos, concentrado en la percepción del cuerpo, para comprobar si siento los efectos del líquido ingresando por mi boca y cuello, y la satisfacción subsiguiente de la sed. Pero no siento absolutamente nada en la boca y la garganta, ni en ninguna parte de mi cuerpo. Sólo la persistencia de la sed y sequedad. Despierto en un sueño ordinario.
Desactivador: excitación ante novedad
Relato mi sueño a alguien, pero no recuerdo los detalles de ello. Ahora sí, despierto a la llamada Vida de Vigilia.
La discriminación necesaria en el estado de Lucidez hace que mantener dicho estado sea exigente en materia de concentración y ecuanimidad. Captar definidamente la falta de efecto en el cuerpo físico del agua de naturaleza extrafísica exige un buen grado de atención a las sensaciones. Un nivel de atención que, por sí solo, implica la conciencia de la condición onírica, ya que las fuerzas de gravedad son diferentes a las del plano físico y, las sensaciones corporales consecuentes también.
Comentarios