Inconciencia pasajera
Inconciencia pasajera
Esa noche me acosté olvidando todo.
Ni práctica preparatoria de sueños lúcidos
o proyecciones astrales, ni vaso de agua en la mesita, ni recapitulación del
día. Fue un sueño inopinado. De pronto estaba ahí, flotando. La montaña,
impresionante, enmudecía mis razones. Colores, luces, formas y seres
indescriptibles. Me quise quedar. Si no pensaba, respiraba, me movía,
deseaba, rechazaba, podía ser que permaneciera allí eternamente. A lo lejos,
entre las maravillas, se recortaba una presencia cuya preeminencia era
emocionalmente inapelable. Se acercaba lentamente, y cada acortamiento de
distancia era evidente en mi interior, por el gradual incremento de un estado
de arrobamiento y éxtasis que ya sabía que era bueno debido al eco de algún
recuerdo inveterado... Anhelaba fundirme en placentera inconsciencia pero se
intensificaba también lo despabilador. Se fundirían Venus y Marte. Ante tanta
magnificencia, plenitud y gracia, pensar en mi mundo cotidiano no tenía
sentido. Nada valía la pena en comparación con ese paraíso.
Pero las personas... los seres queridos...
Regresé.
Había visto el oro y la plata.
Martín
Garrofe
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