Las compuertas...
Hay una similitud entre el dolor y el miedo. Se me ha venido
haciendo más clara con el paso del tiempo, hasta configurarse casi una unidad entre
ambos afectos. Ellos contienen
compuertas. Y mis deseos de atravesarlas y alcanzar el otro lado, me conducen a
perseguir, últimamente, sus huellas. El miedo tiene más aspecto de emoción y el
dolor de sensación, pero emociones y sensaciones no pueden ocurrir una sin la
otra. Sospecho que en este sentido sólo hay una diferencia de grado. La
literatura abunda en historias de prometedoras puertas custodiadas por
monstruos y de premios que esperan al término de dolorosos esfuerzos.
Meditando tuve la idea de que el cuerpo cumple la función de
un espejo, en el que se reflejan, proyectadas, las opacidades de la auto
observación del alma. Y lo hacen en forma de alguno de los tres venenos del
apego, la aversión y la indiferencia, que se replican como miedo y dolor.
La conciencia se mira y se siente a sí misma y en su
interior encuentra al universo. Eso es la plenitud. Pero la caída (en última
instancia, quizás, un juego cósmico) produce oscuridades. Así se separan el uno
y el mundo y comienza el despliegue especular.
Los espejismos ocultan. Quedan detrás, adentro, los tesoros
verdaderos, las luces que no encandilan, los fuegos que no queman. Y por eso
nos duele, y a ese dolor tememos. Lo que más nos duele es habernos apartado de
la luz, lo que más tememos es darnos cuenta. Y si podemos tapar el miedo y el
dolor, lo hacemos.
Pero regresan, crecen, se reproducen. Porque sus semillas
son infinitas. Contienen, en su origen, el recuerdo del paraíso y su potencia.
Cuando una de esas semillas produce un árbol en mi cuerpo,
lo rechazo. Pero ese árbol originado en la caída contiene luz. Y en la fuente
de la misma está la compuerta. Se trata de altas dosis de veneno concentrado,
con el material para el antídoto incluido. Si dejo de escapar y en cambio,
busco el pasaje, lo encuentro justo ahí. El epicentro del dolor, el vórtice del
miedo, me llaman. Aceptá, no temas, vení, a visitar el inframundo,
voluntariamente. Con fe. Sentí lo que evitaste, afrontá lo que negaste. Redimí
tus infiernos. Abrí tus chakras. Desarmá las ilusiones. Mirá lo que está atrás.
Todo lo bueno te espera, del otro lado de las puertas. Eso que sos. Eso donde
sos. Esto, con lo que somos.

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